'Alquimia ha de ser' en el blog de Hilario Barrero

Mago de metales imposibles





ALFA DE LUZ OMEGA DE SOMBRA: MAGO DE METALES IMPOSIBLES
Es un libro hermético, místico y mágico. Difícil y denso. La razón es el esqueleto, la armadura que salvaguarda el edifico de cada uno de los  poemas. Poemas que tienen un armazón de luz, aristas de sal divina, vertebras de sol humano y un olor a azufre redentor. Para gozar de este edificio, que llamamos libro, para que entendamos de su filosofía, de las imposibles aleaciones de metales imposibles, hay que saber no solo geometría, como rezaba en el frontispicio de la Academia Platónica, hay que saber amar y morir y pasar del Alfa al Omega: principio y fin. El orfebre/poeta, en ocasiones enajenado, poseído por la magia de la creación, intenta licuar su alma, como todo alquimista debe hacer, antes de fundir los metales. En esta fundición poética nos entrega un collar de perlas unidas por el hilo invisible de la poesía. Algunas venenosas, otras amargas, todas auténticas, ninguna falsa.

Con la lengua secreta
en sintagmas oscuros,
esforzado y sin tacha
se fabrica en tu mente el oro espiritual.

Poesía que en este caso se eleva a alturas arquitectónicamente wagnerianas, intocables, etéreas, intangibles. Poesía tan lejana y opuesta (y más personal y menos reverente) que la que elaboró en dos libros que el poeta publicó en 2006 y 2008. Aquí, en Alquimia ha de ser, (título debatible y misterioso) Alfredo Rodríguez, autor de libros como Regreso a Alba Longa, Ritual de combate desnudo y De oro y fuego (libros combativos) encuentra su voz y su música y su filosofía y su mundo y es, hasta la fecha, el libro más suyo, más personal, más propio. 

Heme aquí, puro, sin tacha de amor
al despuntar el día,
como quien lava suelos con el agua de rosas.
Tengo el poema omega,
alquimia ha de ser.

El libro dividido en tres partes, compuestas de diez poemas cada una, sin título, encierra, como el tema del libro requiere, claves, propuestas, frases en latín, imágenes filosóficas y una jerarquización de “metales” mitológicos que edifican un partenón para dioses expulsados de su propio paraíso. Mitologías de oriente y de occidente, de salvación y de perdición, de catedral o de buhardilla.

          Como si hubiera sido rozado por el ala
de un bello ángel o por la túnica de un dios,
con dignidad de púrpura,
las fuerzas de la Luna,
los siete chakras, el Ojo de Shiva,
el fuego oscuro o la sombra del sol…

Alquimia ha de ser  es un libro “antiguo”, basado en ideas undergound, en ocasiones con zonas muy oscuras y en otras con una luz cegadora, un libro geométricamente venenoso, un breviario para iniciados, catecismo de culto para arquitectos de la muerte, catálogo de tinieblas y de luminosidad. Un veneno con sabor a mirto.


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Presentación de 'Alquimia ha de ser' en la librería Walden de Pamplona

 

Alfredo Rodríguez presenta hoy ‘Alquimia ha de ser’ en la Librería Walden

Viernes, 12 de Septiembre de 2014 - Actualizado a las 06:10h

poesía - El poeta pamplonés Alfredo Rodríguez presenta hoy en la Librería Walden de Pamplona (c/ Paulino Caballero, 31), a las 19.30 horas, su 7º libro de poemas, Alquimia ha de ser, publicado por la editorial sevillana Renacimiento. El autor estará acompañado por el arquitecto y poeta Luis Miguel Alonso -autor del prólogo- y por el músico de laúd renacentista Miguel Antonio Goñi. En este libro el poeta se encamina al encuentro de una voz nueva y propia, que entronca con la anterior pero se distingue en mucho de ella, y que profundiza en el sentido de lo poético. Muestra, así, cierta fascinación por las filosofías hinduista y budista, por la teosofía y el gnosticismo, por el medievalismo y el mundo antiguo. Hay incluso algo órfico y primigenio en estos versos. - D.N.





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'Alquimia ha de ser' en el blog La mirada ausente

LAS PALABRAS DEL DEMIURGO



   Como quien lee sobre un pliego de niebla o despliega su discurso sobre el polvo que borra el viento, así Alfredo Rodríguez (Pamplona, 1969) en su último poemario Alquimia ha de ser, publicado por editorial Renacimiento de Sevilla. El suyo es un despliegue poco común; esto es: el poeta navarro no se mueve a favor de las corrientes mayoritarias al uso dentro de la poesía actual, sino que sigue una trayectoria personal; y ello, aun habiendo mostrado concomitancias en libros anteriores con ciertos poetas como pueden ser José María Álvarez o Julio Martínez Mesanza. Pero a mi entender, en este último libro, el autor va más allá que en sus predecesores y se adentra en una trayectoria que le conduce al encuentro de una voz y un estilo propios. Muestra, así, cierta fascinación por las filosofías hinduísta y budista, por la teosofía y el gnosticismo, por el medievalismo y el mundo antiguo.
 
   La palabra poética de Alfredo Rodríguez surge con la transparencia de quien ha sometido el idioma a un proceso de depuración y sus versos bien medidos tienen el ritmo y la musicalidad de quien posee buen oído. Entre ellos abundan los endecasílabos, heptasílabos y alejandrinos. Sus metáforas e imágenes tienen la belleza original y deslumbrante de quien se toma la poesía muy en serio. Sus muy trabajados textos, de extensión breve y mediana, nunca extensos, parecen hilvanados con la precisión del orfebre o del alquimista. Estamos ante un poeta que se remonta a los orígenes, que indaga en el nacimiento último de la palabra poética y sucumbe ante la luz cegadora de la belleza, la cual hace coincidir con un alumbramiento espiritual. Pues, en efecto, Alquimia ha de ser es libro que encierra una gran preocupación espiritual, dicho esto en sentido amplio y muy lejos del raquitismo al que algunos parecen querer reducir el concepto. El sentido reduccionista a que aludo queda aquí superado por la incursión en territorios de diversas religiones, filosofías, literaturas y culturas en general. Si acaso, podría decirse que ese sentimiento de búsqueda espiritual es tan abierto que limita con la heterodoxia. No faltan los guiños a poetas como don Francisco de Quevedo y a su soneto "Amor constante más allá de la muerte" (así lo nombró Dámaso Alonso, que no Quevedo): ""El desprecio al dolor y el desprecio a la muerte/ como todas las cosas/ vanas, urgía sus preparativos,/ porque era en la memoria en donde ardía" (p. 50).


   Remontándose a los orígenes del saber, el poeta se adentra en el misterio y en la magia de la palabra poética, sintiéndose heredero de una remota tradición cultural a través de la cual sus antepasados buscaron en el conocimiento la fuente de eternidad equiparándose a los dioses. Discurso, pues, el suyo para iniciados e iluminados que vengan a dejarse llevar por las aguas primigenias de un bautismo que inicia a los hombres en el sendero del saber, del encuentro consigo mismos y de la felicidad, en suma. Conocimiento y eternidad, saber y misterio, magia y estudio se dan la mano aquí en el lenguaje semiprofético en el que el poeta actúa como un médium. Merecer la poesía, merecer la palabra poética, adentrarse en el conocimiento parecen ser algunas de las claves; puesto que lenguaje y conocimiento están íntimamente vinculados.

   Al lector, inmerso entre tantos poemas hermosos, le costará trabajo elegir el más significativo. Basten estos versos iniciales como prueba de cuanto afirmo: "Qué suerte el que de ti no se enamora,/ pues no tuvo señor a quien rendir sus cuentas,/ su azarosa vida con tal hechicero encanto/ que pudiera beberse en abundancia" (p. 19). Sin duda, nos encontramos ante un gran libro de poemas; si pequeño en formato, más grande en ambiciones.


                                                                 José Antonio Sáez Fernández
blog LA MIRADA AUSENTE
7 de Agosto de 2014

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Entrevista sobre 'Alquimia ha de ser', para el diario Solidaridad Digital

“Es necesaria de nuevo una sacralización del arte”

Alfredo Rodríguez, poeta
Esther Peñas / Madrid- 28/07/2014
 
Hay poetas de palabras sucias y poetas de imágenes sangrientas; poetas de lo celeste y de lo abstracto, de la denuncia y del castigo; poetas del adjetivo y poetas del verbo (también del gerundio, como Vallejo); poetas que desbrozan y que siembran, luminosos, escépticos (incluso cínicos). El que nos ocupa, Alfredo Rodríguez (Pamplona, 1969) entiende la poesía como un acto de vida que deviene en belleza para ser, y así lo vuelve a reivindicar en un último poemario, ‘Alquimia ha de ser’ (Renacimiento).

Siguiendo con el perfil esotérico del título. ¿Si se transmuta en ambrosía -aurea dicta- el idioma, ¿no pierde peso el fondo del poema?

No es solo el idioma lo que se transmuta, o debe transmutarse, con la poesía, es la realidad misma que nos rodea, lo cotidiano, lo visible, lo tangible. En poesía ha de darse siempre una transubstanciación de la palabra. La palabra poética ha de aspirar a convertirse en una palabra de transmutación y de transubstanciación, como dice el maestro Colinas. Y el poeta, como otro alquimista que es, ha de buscar una superior integración de la vida, una transformación de lo cotidiano. Esa ambrosía de la que hablas, ese néctar, es también el llamado ‘arte del bien decir’, de embellecer la expresión y de dar al lenguaje eficacia bastante para deleitar, conmover o emocionar. Habría de darse siempre en poesía una elección cuidadosa de vocablos brillantes y expresivos, insólitos y musicales.

¿No hay poesía en ‘lo feo’, en el lenguaje atropellado, ‘sucio’, de Bukowski o Burroughs?

De ese tema prefiero no opinar, porque luego me llueven tortas por ahí de todas partes. Solo te digo que respeto todas las opciones poéticas, todas las posibilidades que se abren en el vasto mundo de la creación poética, pero de ese tipo de poesía no me alimento, no la necesito para vivir, y finalmente no me interesa. Últimamente la poesía se ha convertido en el reino del ‘todo vale’, una especie de mercadillo de todo a cien, donde todo el mundo es poeta o pretende serlo, y se escribe un poema hasta de una bolsa de basura. Bien. Es necesaria de nuevo una sacralización del arte, de la experiencia artística, que se ha banalizado del todo en nuestra época. Los poemas han de ser obras de creación artística, literatura viva, no un vano relato de hechos cotidianos, una mera fotografía de la realidad cotidiana. Para eso ya están los diarios. Solo tendría que interesarnos, como materia prima para nuestros versos, aquello que ha permanecido en el tiempo por su contenido de belleza y verdad.

¿Qué transforma la poesía?

Todo. La realidad acostumbrada que nos rodea. La creación poética es, antes que nada, exploración de lo desconocido, sorpresa y libertad. La poesía ha de luchar por encontrar lo verdaderamente desconocido, por descubrir lo nuevo, lo inicial, la pureza absoluta del deseo. Es una insurrección permanente. Yo concibo la creación poética como algo que proviene de una especie de revelación. Es el poema como un espacio de encuentro o de reencuentro, un espacio de revelación (algo que se produce tanto en la escritura como en la lectura).

Si “todo perturba la mente en reposo”, ¿cuáles son los desvelos del poeta?

El trabajo de la poesía es, o debe ser, en buena parte un trabajo del inconsciente, de las fuerzas oscuras de nuestro ser: la “sombra que nos integra”, como digo en uno de los versos. Un sombra que a veces es negativa, porque niega el amor. Es la poesía como conocimiento, la búsqueda de la palabra verdadera, el poema como una aventura del conocimiento. Y no se conoce mejor camino que el de la belleza. Algo que es inaceptable en nuestro mundo diario cotidiano, pues vivimos una cultura que se niega a admitir la voz de la poesía, se niega a reconocer en ella verdad alguna. Nuestra cultura ha renunciado a la verdad de la poesía y pretende condenarla al enmudecimiento.

“En las dulces aguas de tu matriz me recibes, simiente de Luz”. ¿Qué engendra un poema: una imagen, un sentimiento nebuloso, un pálpito?

Algunas veces se trata de una simple experiencia estética, que con el tiempo dará lugar a una experiencia artística, capaz o no de convertirse con el tiempo en Literatura. Además, uno piensa en la poesía como en una forma de autobiografía por supuesto. El poema es un acto de vida. Yo sigo pensando que mi poesía es absolutamente autobiográfica, aunque parezca que no. Hay veces en que no sé si soy yo mismo quien escribe los poemas, o si los poemas me escriben a mí. Siempre he sido un poeta que piensa durante largo tiempo sus libros de poemas -los tengo ahí en la cabeza, flotando, como en la famosa ‘nube’ de internet- y que luego los escribe con ansiedad, en un breve espacio de tiempo, saliendo como a borbotones, casi a salto de mata, buscando siempre desesperadamente un momento libre en el día a día atareado y rutinario que llevo. Compongo en voz baja, eso sí, -mientras realizo otra actividad cotidiana-, escuchándome a mí mismo, porque la poesía es sonido. Y luego memorizo durante un tiempo, antes de escribir y pulir lo escrito. El verso, decía el poeta italiano Montale, nace siempre de la prosa (y tiende a retornar a ella). En mi caso, muchas veces así es. Muchos de mis versos nacen de cosas que he leído en libros de prosa y que se quedaron en el poso -el filtro- de la memoria. Alguien dijo que un buen poeta ha de ser un gran lector de prosa, y viceversa, un buen prosista un gran lector de poesía.

El aroma arcano traspasa el poemario. ¿Cómo recibimos el misterio?

Sí, claro, en este libro -bueno, en mi obra en general- he tratado de hallar una forma de explicar el misterio que se celebra en el acto de la creación poética. Eso es lo que me arrastra siempre. Porque la poesía es eso: un misterio y también una verdad -que recibimos en su lectura o escritura. Sin misterio ni verdad no hay poesía. La poesía o es verdad o no es nada. Veo la finalidad de la poesía como el establecimiento de una verdad del espíritu. Esa verdad es al mismo tiempo una emoción, y engloba también por supuesto la belleza. Y esa belleza cuando es inesperada suele ser doblemente bella.

“Porque no habiendo una causa, tampoco habrá nunca un destino”. ¿Cuál es la causa primera de Alfredo como poeta?

Bueno, no existe el destino -o si existe, se olvidó de nosotros hace mucho tiempo-. Somos hijos del azar, sin duda. El azar es nuestro padre, como dice José María Álvarez. Tampoco una causa aparente. Y lo mismo para la poesía, claro. A veces voy escribiendo poemas cuya estructura final desconozco a cada paso y que son, por lo tanto, como un naciente de imágenes, una revelación. Para ello huyo de todo lo dogmático, lo racional en exceso, lo planificado, lo construido de antemano (lo que Colinas llama, criticándolo, ‘el poema construido’), porque todo ello va contra la creación poética, que ha de ser enteramente libre y sorpresiva.

“Todo lo vivo contiene enseñanzas secretas”. ¿Cómo acceder a ellas?

Es la belleza que reduce a uno lo que es vario. La poesía es una manera de acceso a esas ‘enseñanzas secretas’, porque sugiere una tarea espiritual de reconstrucción, de reconstitución de nuestro espíritu disperso, en la unidad. Poesía que es el contacto con la razón de ser de las cosas, como la certeza de estar vivos. El libro se abre con una cita que es una inscripción que estaba en el frontispicio de la Academia platónica, una cita que dice ‘Nadie entre aquí sin saber geometría’. Lo que quiero apuntar con ella es que solo quien se encuentra muy por dentro de la creación poética, de esa operación mágica que es la creación poética (lo mismo que en los rituales de la alquimia), solo quien está muy adentrado ahí, es quien puede escribir. Porque el poeta nos abre la puerta del horno con sus versos, nos muestra el matraz, la vasija del alquimista en plena ebullición. Así, la poesía es vista en este libro como una superación de nuestra naturaleza humana, la esencia espiritual del mundo (como la piedra filosofal de los alquimistas).

Si no es finalmente alquimia, ¿qué sería?

Alquimia ‘ha de ser’, alquimia ‘debe ser’ la poesía cuando lo es de verdad, cuando no engaña a nadie, cuando no trata de engañar a nadie, ni siquiera -ni mucho menos- a uno mismo, a quien la escribe. Si no es así, será mentira, sin duda. Una burda mentira.

ESTHER PEÑAS
Diario SOLIDARIDAD DIGITAL
28 de Julio de 2014

 Portada del libro

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Exiliado en el arte en el blog La mirada ausente


MAESTRO Y DISCÍPULO: CONVERSACIONES ENTRE ALFREDO RODRÍGUEZ Y JOSÉ MARÍA ÁLVAREZ.



Que un joven poeta muestre su admiración hacia quien considera su maestro no parece resultar nada extraño. Si además ese joven poeta es capaz de entrevistar sagazmente a su maestro y sabe extraer de la experiencia y oficio  de este último toda la enjundia de que son capaces tanto el aprendiz con sus preguntas como el maestro con sus respuestas, eso parece ya tarea más que loable. Algo de todo ello creo que hay en el volumen de Alfredo Rodríguez (Pamplona, 1969), quien en Exiliado en el Arte. Conversaciones en París con José María Álvarez provoca en el poeta murciano, vinculado a la generación de los Novísimos, una suerte de desvelamiento de muchas de las claves que encierra no sólo la obra poética del autor de Museo de cera, título que contiene la mayor parte del devenir poético del cartagenero; sino también su vida y su pensamiento en relación con la cultura, el arte, la belleza, la política, las ciudades de su vida, la literatura, etc.
En el libro, Alfredo Rodríguez se muestra como el perfecto conocedor que es de la poesía de José María Álvarez (Cartagena, Murcia, 1942), aunque ello no signifique que no explicite repetidamente su devoción por la obra, el pensamiento y la persona de quien se considera discípulo. Y lo hace con sana franqueza y hasta con cierta ingenuidad en ocasiones, lo cual dota de autenticidad a sus preguntas, las cuales son respondidas siempre con larga sabiduría e inteligencia no exenta de ironía. 
Las cuestiones muestran, por parte del entrevistador, un vasto conocimiento de la obra del poeta de Cartagena, como ya apunté, y en la mayor parte de las ocasiones son certeras en su alcance; si bien el entrevistador se permite espacios para aliviar la carga conceptual que puedan tener las repuestas en algunos casos.Sea como fuere, el libro se lee con amenidad y ligereza y ni que decir tiene que resulta altamente ilustrativo para quien desee acercarse tanto a la vida, como a la obra o el pensamiento del poeta murciano, quien ha elegido la ciudad de París como residencia en una suerte de exilio desde el que se conduce a otras ciudades como Venecia, Alejandría o San Petesburgo en busca de la aristocracia de la belleza y el arte. El poeta navarro deja ver la fascinación que le causan tanto la obra como la persona de José María Álvarez, una fascinación que resulta bien justificada y razonada en el libro. Algo de refinamiento o de dandismo, de liberalidad y aristocracia se deja ver por entre las respuestas del maestro, sagaz y atrayente en unos argumentos no exentos de originalidad.

Formalmente dividido en cinco apartados más un preludio titulado "El hombre exiliado en el arte", que va firmado por el autor a manera de justificación, tanto del título del libro como de la obra en sí misma, en él se nos muestra a una personalidad libre de nuestra poesía actual, viajero y lector empedernido, amable con sus amigos, culto, elegante, curioso e impredecible en su conducta. Las entrevistas que acoge el presente volumen tuvieron lugar en París durante el mes de enero de 2009 y se conciben como una continuación necesaria de su anterior libro de entrevistas, publicado con el título de Al otro lado del espejo (Conversaciones ordenadas por Csaba Csuday).
                                                                                     
  José Antonio Sáez Fernández
Del blog LA MIRADA AUSENTE
21 de Julio de 2014
 

Alfredo Rodríguez: Exiliado en el Arte. Conversaciones en París con José María Álvarez
Sevilla, Renacimiento (Col. Los Cuatro Vientos, núm. 73), 2013, 260 pp.

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Alquimia ha de ser en El coloquio de los perros





      Entre los saberes pre-científicos destacó la alquimia. Intentaban sus practicantes transmutar en oro otros metales menos nobles —el plomo, el mercurio—.

       La poesía, según Alfredo Rodríguez, debe hacer lo mismo: transmutar en aurea dicta el idioma. Y a fe que lo consigue. Decía Frank McCourt que cuando descubrió a Shakespeare se le llenaba de joyas la boca al leerlo en voz alta. Es eso, es eso, el cómo se dice ha de importar tanto como el qué. Cuidado en la expresión, elección precisa de las palabras con la belleza en mente. La poesía, que salvó la vida de Alfredo, es una dama de alta cuna, y no una vulgar cortesana. Si no está bellamente adornada no es poesía. Si vamos, poetas, a escribir como hablamos, ¿para qué escribir? Hay que construir con palabras un edificio ideal, bello, humano, para consolar al hombre de la fea e inhumana realidad. Hay en este poemario ecos orientales —mandalas, chakras—, se busca el «oro espiritual», la «vida hermosa», la «playa protegida», el hermanamiento o la armonía de los contrarios, del espíritu y de la materia. El poeta es guerrero con grebas de bronce, alquimista errabundo, mensajero alado. Se celebra el cuerpo tanto como el alma, se avisa sobre la importancia de «distinguir lo fingido de lo verdadero», se aspira a una existencia “plácida y libresca”, se quiere escribir sólo si se hace bellamente («el poema será en su doradura»), como deberíamos, en un mundo ideal, hacer todas las cosas.

        Séptimo poemario de Alfredo Rodríguez. A veces difícil, oscuro, este libro engendra, en quien se esfuerza en adentrarse por sus meandros, destellos de conocimiento, y de reconocimiento también: sabemos que debemos ser, que en alguna parte dentro de nosotros somos ese alquimista-guerrero con grebas de bronce que vive en belleza y en armonía con las cosas. Como un ave del paraíso: en perfección o si no, nada.


Por José Alfonso Pérez Martínez
Revista El Coloquio de los perros
30 de Junio de 2014

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un poema de 'Alquimia ha de ser'



A ti, esta mandala que llamas rueda del tiempo,
a ti, alma del mundo, mediadora,
disolución del cuerpo para borrar mi nombre,
el rocío te lava tu negrura,
con las bayas de muérdago
te hace ascender del lucero del alba.
Eres la plata líquida
entregada a los cuidados del Mundo,
la playa protegida donde varar mis naves.
A ti, águila que une los contrarios
en el latido perenne de Oriente,
redoma sobre el fuego.
Como la piedra hecha y acabada
con cuya piel se cubrirá el poeta
hasta borrar su rastro.
En las dulces aguas de tu matriz me recibes,
simiente de la Luz.

Alquimia ha de ser
ed. Renacimiento, Sevilla 2014

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Alquimia ha de ser en Diario de Navarra

Alfredo Rodríguez reivindica la poesía como arte en 'Alquimia ha de ser
El poeta pamplonés reúne una treintena de poemas concebidos como "universos en miniatura"

El poeta Alfredo Rodríguez en la casa parisina de su maestro José María Álvarez


El poeta Alfredo Rodríguez (Pamplona, 1969) reivindica la creación poética en su nuevo libro, Alquimia ha de ser, recién publicado por la editorial Renacimiento. Así, defiende la actividad poética como una "experiencia artística plena" y explica que cada uno de los treinta poemas que integran esta obra han sido concebidos como "universos en miniatura". Todos ellos se inspiran en el "misterio" que caracteriza a la creación de poemas, "porque a la poesía hay que pedirle la revelación de un misterio". En línea con sus trabajos anteriores, Ritual de combatir desnudo (2010) y De oro y de fuego (2012), el poeta pamplonés mantiene la devoción por el mundo antiguo y su predilección por la métrica clásica. Rodríguez considera que el poeta está "obligado a crear belleza" y reivindica la presencia de la palabra "bella, suntuosa" en los versos. "A la manera de los viejos alquimistas medievales que trataban de convertir el plomo en oro puro a través de un complejo proceso, el poeta ha de convertir en belleza el cieno de la realidad que nos rodea cada día", precisa. En esta visión del poeta-alquimista, Rodríguez entiende que la poesía es un "camino de perfección que no perseguiría otra cosa que la consecución del oro espiritual".

Nerea Alejos
Diario de Navarra
26 de Junio de 2014


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Praeludium de Alquimia ha de ser

los poetas, Luis Miguel Alonso Nájera y Alfredo Rodríguez


 PRAELUDIUM


Hubo un tiempo en que los hombres construyeron a los dioses, y hubo otro posterior en que éstos ordenaron la construcción del Walhalla. En ambos casos fue la voluntad de dar vida imaginaria a unos referentes de eternidad, de asentar lo sublime en el mundo de las ideas para que sirviera como símbolo de lo estable en medio de la turbulencia vital, humana o divina.

A lo largo de los años, en el tenaz paso de página de cada uno de sus libros, Alfredo Rodríguez ha ido levantando pacientemente las sucesivas hiladas de su propio Walhalla. Mucho más que una residencia para los dioses que nunca lo dudó existían, la inmensidad de este lugar construido en la poesía le otorga un carácter más urbanístico que arquitectónico. Solo la ceguera del alma impediría ver los palacios, basílicas y jardines armónicamente distribuidos sobre un terreno que parece no tener fin. Han sido años de transportar hasta aquellas cumbres innumerables caravanas de palabras y gramática, cumbres que antes fueron territorio yermo y ahora asombran por su olímpica opulencia.

Alquimia ha de ser nace después de que las edificaciones hayan sido entregadas a los dioses que así lo solicitaron, y a los nuevos espíritus creados durante ese tiempo. Lo que en los libros previos era tensión constructiva, pasión entre andamios y anhelos de coronación sobre la última almena, es ahora quietud solemne entre las galerías que unen cada augusta morada. Línea tras línea, este libro describe ese estado en el que la pasión y la incertidumbre han quedado superadas. La alquimia ha obrado su prodigio, y el acceder a vivir entre dioses siendo quizá por momentos uno de ellos ya no es quimera sino realidad desde los cimientos. Hablan, en fin, los poemas de cómo vivir sin tiempo ni quebrantos, disfrutando de la vida en el verso desde la eternidad.

Y no es tan difícil llegar a habitar un Walhalla que, a diferencia de su antecedente wagneriano, tiene vocación de permanencia. No hay otro misterio para ello que la constancia en la búsqueda interior de esta Alquimia que Alfredo, tras un largo peregrinar por los arcanos de una vida que dejó de ser equivocada hace mucho, muestra con la serenidad satisfecha de un buen maestro de obras.



Luis Miguel Alonso Nájera
Pamplona, Enero de 2014

ALQUIMIA HA DE SER
ed. Renacimiento, 2014 







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Alquimia ha de ser en Diario de Noticias de Navarra

Alfredo Rodríguez (Pamplona, 1969) regresa al panorama editorial con Alquimia ha de ser (Renacimiento), una obra en la que abunda en el que seguramente es el tema central de su escritura: un canto al hecho creativo en sí mismo. Y con estos poemas intenta "comprender algunos de los misteriosos procesos de la creación poética". En definitiva, con estos versos declara su "fe absoluta" en la poesía.
Tal y como explica el autor, este pequeño volumen está consagrado al "poema como microcosmo", como "un universo en miniatura que a la vez quiere decir una y muchas cosas". Hay en Alquimia ha de ser, ya en librerías, una visión de la poesía "como de un arte, como de una experiencia artística plena"; tanto es así, que para el escritor intentar buscarle otras finalidades "muchas veces me parece ridículo". En la misma línea, todo el libro gira en torno a una idea: "en la poesía, con la poesía, tanto en el placer de escribirla como en el gozo de leerla, encontramos el camino, uno de los caminos, hacia la ansiada unidad del ser, el Unus Mundus del que hablaba Jung, la unidad ontológica presente en todo ser, la unidad última de todo, un mundo escondido que impregna al mundo que conocemos". Los poemas reunidos en estas páginas "cantan la conciliación entre el alma del hombre y la esencia del mundo".
Alfredo Rodríguez cree que un poeta "tiene la obligación de crear belleza" y es lo que intenta en cada estrofa. "Somos como un médium: tenemos que rescatar en nuestros versos la belleza, esa belleza que permanece oculta en algún lugar entre la memoria y el olvido".
unidad conceptual Las distintas piezas que contiene este trabajo nacieron encadenadas unas a las otras, "como una arquitectura de palabras, en espiral de crecimiento, como relámpagos sucesivos; poemas que se llaman entre sí unos a otros en una unidad conceptual plena".
El autor también reconoce que quizá por primera vez aquí aparece la "oscuridad estética, esencialista y ontológica", o, lo que es lo mismo, "el sentido trascendente de la palabra poética". En ese sentido, los poemas se tornan aquí una suerte de camino de autoconocimiento a través de "la trascendencia espiritual en la experiencia creadora poética". 

 Ana Oliveira Lizarribar
DIARIO DE NOTICIAS DE NAVARRA
Domingo, 22 de Junio de 2014

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Alquimia ha de ser en el blog En un bosque extranjero


Alquimia ha de ser



Será un último ardid que consuma lo impuro,
con el estímulo de su apetito
las pasiones más bajas,
como un pájaro que vuelve a la Vida,
el azogue que mata, atiza el fuego,
alquimia ha de ser.
Será la perfección o si no, no será nada,
en la quimera de luz y tinieblas,
el espejo de fuego revelado,
el poema será en su doradura,
y de dos cosas, sí, hara una sola,
la esencia de su credo.
Heme aquí, puro, sin tacha de amor
al despuntar el día,
como quien lava suelos con el agua de rosas.
Tengo el poema omega,
alquimia ha de ser.

De ese poema que lo cierra toma su título el último libro de Alfredo Rodríguez, Alquimia ha de ser, que publica Renacimiento.

Un tríptico equilibrado en el que el poeta maduro hace de la palabra materia luminosa, poesía en torno a la plena luz. Treinta poemas de creciente intensidad escritos “con la serenidad satisfecha de un buen maestro de obras”, como escribe Luis Miguel Alonso Nájera. 

Santos Domínguez 
Del blog EN UN BOSQUE EXTRANJERO
22 de Junio de 2014

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la portada de 'Alquimia ha de ser'


Bueno, aquí está, 'Alquimia ha de ser'. Es la portada de mi nuevo libro de poemas. Acabo de terminar las pruebas. Saldrá en Junio en Renacimiento, de Sevilla. El corazón ya desbocado, amigos...

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Presentación de 'Exiliado en el arte' en el Instituto Cervantes de París





Buenas tardes, soy Alfredo Rodríguez y es un placer y un honor estar aquí, en este Instituto Cervantes de París, para presentar este libro, Exiliado en el arte, libro al que le debo tantas horas de amistad y de conversación amena, este libro tan deseado y tan esperado por todos los que amamos la obra alvareziana –que somos muchos más de los que en principio parece, eso lo he podido comprobar yo mismo-, un libro escrito, preparado con tanto cariño, ilusión y emoción, desde el respeto a la persona y la obra del poeta José María Álvarez.

Libro cuyo eje central sería una larga conversación de varios días mantenida íntegramente aquí, en París, en casa del poeta en el Barrio Latino o paseando por la ciudad o sentados en terrazas de cafés o en librerías y museos que visitábamos, durante algunos días de Enero de 2009, decenas de preguntas que yo le iba haciendo y que tenía preparadas desde tiempo atrás, dudas sobre todo que me surgían y que me siguen surgiendo a lo largo de los años en la lectura de su obra –porque su obra está viva, sigue viva- y cuya aclaración y resolución me ayudaría a la mejor comprensión de esa obra y también del personaje protagonista.

Bueno, el libro contiene cinco partes, con enunciados, con títulos que son versos del poeta:

Una espina dorsal sola bajo la lluvia: con cuestiones sobre su obra, su obra poética fundamentalmente, pero también su obra en prosa.

Como si ya no fuese mía contemplo mi vida: con temas de tipo más biográfico, sobre la vida vamos a decir “real” del propio Álvarez.

En una fiesta dorada de tigres y de espejos –ese magnífico verso de resonancias borgianas-: sobre algunos autores amados, admirados por él o amigos suyos, así como sobre las obras de éstos.

Libertad! Desigualdad! Gloria!–que es uno de sus lemas-: con sus opiniones contundentes sobre política, economía o temas de tipo social.

Y por último, Ese viento que nos arrastra más allá de lo que somos: que versaría sobre la poesía en sí y la figura del poeta en general.

Pero además este libro es también –porque yo he querido que así lo fuera- una auténtica antología de poemas extraídos de la obra alvareziana publicada hasta ese año, el año, como digo, 2009, además de algunos pequeños fragmentos suyos en prosa seleccionados y muy interesantes. Una –creo yo- muy buena y extensa selección de poemas, que van salpicando el texto al hilo de las conversaciones; es decir, no son poemas recogidos y puestos allí al azar, sino justificados, está justificada su presencia por lo que allí se cuenta en cada momento.

Y por último también se recogen en el libro testimonios de poetas amigos, que me hicieron llegar expresamente para la ocasión –es decir, fue a petición personal mía- sus semblanzas sobre el poeta. Es el caso de Julio Martínez Mesanza, poeta importantísimo en mi formación, Antonio Colinas, Vicente Gallego, o Felipe Benítez Reyes.

Pero antes de decir lo que es este libro quizá habría que decir lo que no es, dejarlo eso muy claro: y no se trata de un libro de entrevistas entre un intelectual y un poeta, ni entre un crítico literario y un poeta, ni siquiera entre un periodista y un poeta -que suele ser lo más habitual en estos casos. Se trata de un libro de conversaciones o diálogos entre dos poetas amigos, un maestro y un discípulo. Eso tiene que quedar muy claro. Porque yo soy solo un poeta y un lector, que no es poco, pero es lo que soy. Y en ese sentido creo que sobre todo es un libro ameno, muy ameno en su lectura, un libro de fácil lectura, de fácil acceso, creo yo.

Así pues hay dos personajes, que interpretan roles diferentes: uno es el poeta maduro, descreído del mundo –sobre todo del mundillo literario-, muy escéptico –absolutamente escéptico-, estoico y epicúreo, hedonista y hasta nihilista a veces, como suele decirse: de vuelta de la vida de todo, con esa concepción suya sacralizada de la literatura, respetando la vocación literaria por encima de todo, y celoso de su independencia como poeta. Y otro es, el joven poeta entusiasta –ese joven poeta que fui-, amante apasionado de la poesía y de lo que es o supone la vida de poeta, fascinado por la figura del que considera, sin lugar a dudas, su maestro –su maestro principal-, y cuyos versos ha defendido siempre a capa y espada como los más altos escritos en nuestro ámbito y en nuestro tiempo. Y todo ello, repito, como simple lector de poesía, desde esa perspectiva.

Además en mi caso concreto, tengo que decir que no creo haber sido poeta hasta después de haber leído (y conocido) a José María Álvarez. Él, su poesía, yo siempre lo digo, es la casa donde a mí me habría gustado vivir. Como amigo, como hombre que se relaciona con los demás, Álvarez sigue siendo un hombre de una gran juventud, de un ánimo extraordinario, de una lucidez cristalina, y todo eso puede apreciarse perfectamente en las páginas de este libro. El espectáculo de esa inteligencia en pleno funcionamiento. La lucidez con que se enfrenta a la verdad del mundo y del poema. La singularidad magnífica de su escritura.

Casi todo en Álvarez pretende ese fondo biográfico, y eso es algo que a mí siempre me atrapó. Sus poemas se pueden leer como su propia vida, porque son carne viva, están en carne viva aún. Son verdad, no son mentira. Sobre todo esa libertad total para escribir y para vivir, sin temor alguno a las consecuencias. Esa suprema libertad del decir. Eso me atrapó. Ese querer (y saber) llevar las cosas siempre hasta el final. Sus libros yo creo que se han quedado ya para siempre al abrigo de la injuria del tiempo. Tiempo que es al final el que decide qué poeta y qué versos han de sobrevivir.

Porque él es un poeta-poeta, es decir, la clase de autor inspirado y entregado por entero a sus versos y a su condición de poeta, a quien no sabríamos imaginar entregado a ninguna otra actividad distinta, y al que decimos en principio que no nos querríamos parecer, aunque probablemente es a lo que nos gustaría aspirar si pudiéramos o la vida nos dejara. J.M. Álvarez, bueno, con una cultura impresionante y estupendamente bien digerida (es uno de los pocos poetas verdaderamente cultos de la poesía española actual), pertenece a esa raza de poetas que han vivido siempre sus vidas enteramente dedicadas a la literatura. Todo en ellos se volvía literario. La biblioteca la llevaban en su propia cabeza.

Él es de los que creen sin duda que un poeta, un artista, no debería nunca prostituir su arte, su oficio, su pluma; al contrario, ha de donar su vida a esta idea pura y sincera del arte, sin concesiones al oportunismo, a la conveniencia ni al mercado; y ha de consagrarse únicamente a la búsqueda de la belleza y a celebrar esa belleza, que sería lo único verdaderamente importante. Y bueno, esto es la vida entregada al ideal del Arte.

Él es alguien que vive alejado del mundo del dinero, de los premios y las prebendas, del prestigio social y de todas esas cosas que normalmente interesan a aquellos que acaso lo único que quieren sea figurar. Y claro, esa voluntad de independencia –el no estar ligado a ningún bando, excepto al de la propia poesía- tiene un precio. Y ese precio no es otro que el silencio, la conspiración de silencio en torno a su nombre. Porque él y su obra, vamos a decirlo, porque no decirlo sería faltar a la verdad, han sufrido el silenciamiento de aquellos que no eran o no han sido –cómo diría yo…- de su cuerda (por decir algo) dentro del mundo de la poesía, gente que precisamente ha manejado los hilos de ese mundillo poético para alzar a poetas mediocres y silenciar a otros que, como él, han sido y son mucho más grandes; burócratas de la cultura, ninguno de los cuales sería capaz de escribir uno solo de sus poemas, ninguno sería capaz de seguir un camino creador como el suyo. Así que va siendo ya un extraño honor el que el silencio acompañe entre nosotros a la mejor poesía. Bueno, él solamente ha hecho con su obra lo que tenía que hacer. Se podrá estar o no de acuerdo con su poesía, pero no se le puede negar su alta calidad, sobre todo esa sabiduría ancestral, antigua, que destilan sus versos, esa comprensión de todo, que se desprende siempre de sus versos.

Además, el gran poeta siempre escapa a su generación y supera las modas. Y Álvarez es en este sentido un poeta prestigioso, siempre lo va a ser, aunque en absoluto sea un poeta popular. Él apuesta por el Arte como un modo de vida, y eso no es sino un acto de soledad y de grandeza. El Arte como refugio, como exilio voluntario. Ese exilio que es el verdadero único reino de un poeta. La vida romántica y cargada de sentimiento estético.

Vincular el arte a algunos de los momentos de máximo descubrimiento e intensidad de nuestra vida. Esto es lo que ha hecho siempre JMA. Llevar al arte el íntimo sentido de la vida, y a la vida la dignidad y la mesura (o desmesura) del arte. Si poetas son aquellos que actúan tocados por un derroche de pasión, capaces todavía de esperar en nuestros tiempos una u otra forma de “revelación”, y que sencillamente creen en lo que hacen, creen ciegamente, uno de ellos sería él, sin duda. Poeta de la luz mediterránea, de la pagana alegría de vivir (o yo por lo menos lo veo así) José María Álvarez es, con una obra sin parangón en la literatura de nuestro tiempo, aquel que lleva en la sangre los ritmos y la sabiduría de la mejor poesía.

Y quería terminar recitándoos un poema que aparece en el libro (pag.127), un poema que contiene toda la estética de juventud del poeta, y que lleva por título, ‘I can only say there we have been’, (“solo puedo decir: allí hemos estado”), con tu permiso y si te parece bien. Poema que dice así:



 Darías por nada. Cambiarías
tu juventud por otra.
Tanto has errado. Salvo
cuando rendías el corazón.
Pero, sí. Cambiarías
tanto. Recuerdos,
personas, aventuras
que milagrosamente no costaron caras
y que sólo demostraban poca lucidez.
No es verdad que fuera buena escuela, o
al menos
que fuera una lección
más noble que otras.

Pero aquellos locales
donde ardió esa juventud, donde se entregaba
generosa a todas las pasiones, aquellas noches
de humo y alcohol, atravesadas por mujeres
de suntuosos rostros,
calles de Invierno y bares
donde hasta el último poro de tu cuerpo
latía por la Literatura. Esos
bares y esas
noches, no. Que en ellos
brilló como nunca
la más irrecobrable
luz de la vida. 
          

           Muchas gracias.







 Presentación de 'Exiliado en el arte' en el Instituto Cervantes de París
25 de Febrero de 2014
Alfredo Rodríguez

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