Enuma Elish



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Ritual de combatir desnudo
Alfredo Rodríguez
Huerga y Fierro,  2010
  

                                                            
Enuma Elish
                       
       Clitias pintó a Áyax en el instante justo en que carga sobre su hombro el cuerpo exangüe de Aquiles y comienza a caminar. A modo de obertura, la escena del Vaso François, en el museo Arqueológico de Florencia, es un indicio de lo que el lector va a encontrar en las páginas que le suceden. Si el título Ritual de combatir desnudo podría considerarse un epigrama de la escena homérica, la elección de Áyax como héroe no es baldía. Fue el único que se abstuvo de impetrar su victoria a los dioses, provocando  con ello la ira de Atenea y causándose su propia muerte. Al igual que el titán de Salamina, tampoco Alfredo Rodríguez ruega a su diosa, sino que entrará «en Ella, teniendo valor», «por caminos plagados de peligros» convirtiéndose en «el ave de presa que se posará sobre Ella». 

Ella, que es al mismo tiempo «dama blanca» y «hetaira», «madre que nace y muere cada día», «mujer inmortal que habita/ como diosa adorada en edades pretéritas». Esa mujer única y total, que nos recuerda al imposible becqueriano o a la dama misteriosa de Sepulcro en Tarquinia, y que no es otra que el Eterno Femenino. El poeta navarro da una vuelta de tuerca más a esta idea e identifica feminidad y poesía.  

Ritual de combatir desnudo nos habla de la lucha perpetua que establece el poeta con la palabra, erigiéndose en una actitud vital en la que, una vez iniciado el camino, es imposible el retorno: «entrar es fácil/ pero una vez dentro no podrás nunca salir,/ quitarte los demonios/ que acompañarán tu alma,/ invisible costura,/ por haberte transmitido las llaves/ de su conocimiento».  

     Alfredo Rodríguez, consciente de que si hay algo perenne a través del tiempo, esto es el amor y la lucha entre el hombre y la poesía, establece un diálogo con el pasado, con la Antigüedad. El poeta se  convierte en un «soldado» «de origen oscuro», en  «guerrero» que desciende «por valles bajos/ hasta el país de Sumer» o en  «héroe y bardo» «que entra en liza por las tierras de Arcadia». Y aquí radica uno de los aciertos del libro: la elección de un lenguaje propio que nos conduce irremisiblemente a épocas lejanas y que transmite esa sensación de perpetuidad, el eterno retorno estoico. Al igual que las figuras de Clitias son monocromáticas, los poemas permanecen en un mismo tono clásico confiriendo gran unidad al libro. A pesar del leitmotiv combativo, el poemario no reviste carácter violento, sino que de la misma forma que los guerreros pintados por el artista griego carecían de motivos sangrientos, el protagonista mantiene una lucha con su mismidad, plétora en sufrimiento pero ausente de brutalidad. Por eso, Ritual de combatir desnudo muestra el sentimiento personal, el camino de un hombre, al mismo tiempo que dialoga con el ayer, consiguiendo trascender de lo subjetivo a lo universal. Y éste es otro de los logros del libro.
             
        Sin embargo,  y a pesar del lenguaje sencillo, el mundo que crea el autor de La vida equivocada puede resultar hermético. Si mitos como el de Teseo o nombres como Yaxartes o Esciros forman parte de la tradición cultural europea, no lo son tanto metáforas como Sabak Hatab, el sarcófago con cuatro mil años de antigüedad, descubierto en el yacimiento egipcio de Saqqara, o Enuma Elish, las palabras con las que comienza un poema babilónico del 1200 a. de C. y que significa “cuando en las alturas”. Las referencias culturales no se ciñen sólo a la edad Antigua; guiños a la figura de William Blake, enterrado en una tumba anónima en Bunhill Fields, o al propio Shakespeare, así como citas de autores contemporáneos, Martínez Mesanza, Colinas, Parra o Velasco dan buena cuenta de las influencias del autor. El tono épico convive en armonía con la sensualidad de un amor que «es mi pecado»,  de «boca y ojos sensuales» en el que «exquisitamente ceñí tu sexo/ aferrándome a ti encorajinado». Si el destino del poeta es «entrar a sangre y fuego» en la poesía, uno de los caminos que propone el autor navarro es la máxima lathe biosas, es decir, vivir en secreto: «vive a escondidas, pasa/ y jamás te detengas;/ no les digas tu nombre». El otro, es la «entrega de uno mismo», el erigirse en constante aprendiz, «mientras vives aprende/ con fe de principiante,/ el resto te lo enseñará la vida,/ ni cobres tus lecciones/ ni ser maestro de nada pretendas».

Ritual de combatir desnudo es un poemario unitario, un canto a la poesía y al eterno femenino. Si el poeta comenzó su propio combate con El tiempo de las manzanas y continuó su periplo en El esplendor perdido, Salvar la vida con Álvarez, y Regreso a Alba Longa con su último libro crea un mundo específico en el que su voz nos habla desde lo alto, o más bien susurra su propio enuma elish.


                                                             Catarina Valdés
CLARÍN Revista de Nueva Literatura
Año XV,  nº 89 
Septiembre-Octubre 2010

 

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Oliendo a brea



     Sí que sirve Internet, sí. Sirve y para mucho. Mucho y bueno. La información privilegiada que arroja sobre el tema que desees no tiene precio. Es sólo cuestión de paciencia y de saber buscar.
Sin ir más lejos, yo que me he convertido en un auténtico rastreador indio navajo, para los menesteres cibernético-poéticos que me atañen y apasionan he descubierto la ubicación de todos los artículos para Revistas Literarias que escribió y publicó en vida el poeta Miguel Ángel Velasco, la mayoría de los cuales lo fueron para la magnífica Revista Archipiélago, en cuyo consejo de redacción se encontraba su gran amiga , la poeta, Isabel Escudero.

Después he ido solicitando los ejemplares a las respectivas librerías de viejo y editoriales en cuyo depósito se encontraban, y ya los tengo  casi todos felizmente por casa. Me han ido llegando por correo postal  las revistas hasta casa en estos días tan felices para mí en que me encontraba ausente de casa y ausente de mí mismo, de tanta felicidad.

Ahí va la lista completa y definitiva con todos los artículos en Revistas Literarias de (o sobre) Miguel Ángel Velasco, por si alguien quiere buscarlas. Le antecede también el listado con su obra en verso. 
Para mí para siempre.

Obra en verso:
  • Sobre el silencio y otros llantos (1979)
  • Las berlinas del sueño (1981)
  • Pericoloso sporgesi (1986)
  • El sermón del fresno (1995)
  • Bosque Adentro (1997)
  • El dibujo de la savia (1998)
  • La vida desatada (2000)
  • Amonites (2001)
  • La miel salvaje (2003)
  • Fuego de rueda (2006)
  • La mirada sin dueño (Antología) (2008)
  • Memoria del trasluz (2008)
  • Ánima de cañón (2010)

Artículos de revistas:





Oliendo a brea (Archipiélago: Cuadernos de crítica de la cultura, Nº 63, 2004 (Ejemplar dedicado a: Claudio Rodríguez: pulso y revelación del verso), pags. 43-46)





Memoria del trasluz (Cuadernos hispanoamericanos, Nº 694, 2008, pags. 55-62)

...¿Y si la primavera es verdadera? (Archipiélago: Cuadernos de crítica de la cultura, Nº 1, 1989, pags. 134-135)

La mirada sin dueño (Archipiélago: Cuadernos de crítica de la cultura, Nº 15, 1993, pags. 117-120)

El dibujo de la savia (Archipiélago: Cuadernos de crítica de la cultura, Nº 20, 1995, pags. 101-102)

Conjuro y otros poemas (Clarín: Revista de nueva literatura, Nº 79, 2009, pags. 18-19)

La mirada sin dueño (Cañamo: La revista de la cultura del cannabis, Nº. 30 (junio), 2000, pags. 76-77)


Transcribo a continuación el artículo que Miguel Ángel escribió para ARCHIPIÉLAGO, en el monográfico homenaje a uno de sus queridos maestros, el gran poeta Claudio Rodríguez:




OLIENDO A BREA
Miguel Ángel Velasco

     
     La otra noche soñé con Claudio: braceaba con esfuerzo, buscando alcanzar la orilla, y cuando parecía avanzar, la marea lo arrebataba de nuevo mar adentro. Se organizaba un dispositivo de rescate, y allí no faltaba ni el perro Catón, que fue el espíritu de la sierra, y nos acompañó a Angélika y a mí en las noches de Hoyo de Pinares, mientras mirábamos arder en el hogar la piña de oro. Si duda me acudiría, al hilo de esta semblanza, el relato que Claudio me hiciera de cuando sus veraneos en Jávea, mi lugar de residencia de los últimos diez años, de cómo le gustaba perder tierra, en ese vuelo del nado, y de las amonestaciones de los javenses ante su osadía; no sabían de la buena brazada de aquel zamorano, acostumbrado a medirse con los ímpetus del mar de Zarauz, al que acudía todos los veranos con Clara, sue esposa. Fue en Jávea donde escribió "Amarras", de El vuelo de la celebración: "Cómo se trenza/ y cómo nos acoge/ el nervio, la cintura de la cuerda,/ tan íntima de sal,/ y con esta firmeza temblando de aventura,/ bien hilada, en el puerto".
      Conocí a Claudio en el invierno de 1981, cuando quiso el azar que se me concediese un premio en el que él oficiaba de jurado. Fue en Oliver, aquel clásico de la noche madrileña. De allí seguimos la ronda, por aquello de bienvenida la noche con su peligro hermoso, hasta desembocar en una taberna donde nos vimos envueltos en una trifulca con un paisano d esos de los que se dice que tienen mal vino. Yo terminé con un ojo morado. Al despedirnos, Claudio me dijo: "Iré a la presentación de tu libro". Unos días más tarde, al final del acto, en la Biblioteca Nacional (también estaba allí aquella bella persona que fue don José García Nieto), los conocidos me felicitaban, sobre todo por haber convocado a Claudio, poco dado a dejarse ver en actos sociales. Sólo él y yo sabíamos la verdadera razón de su asistencia, limpia de literatura. Aún tardaría algún tiempo en iniciar el largo trato con su poesía, y cuando lo hice me vi cautivado, más que por el sentido, apenas entrevisto, por el arrastre vehemente de su decir, y por ese mecimiento suyo bien ceñido a la respiración. "Sin ritmo no hay emoción", le oí decir a Claudio más de una vez.
     A aquel primer avatar de poetas alquiladizos le siguieron unos cuantos encuentros salpicados en el tiempo: en Melilla, poco antes de que mi estrella me llevara por derroteros de vida perdidiza que me harían descuidar el trato con las gentes de letras. Nunca me perdonaré el haber sido incapaz de madrugar la mañana en que habíamos convenido visitar el mercado de aquella ciudad, de haber dejado pasar la ocasión de ir de escudero del poeta por sus dominios, en lo que era su verdadero ambiente. Pero estoy viendo a Claudio apuntalando el paso con aquel endecasílabo rotundo de Blas de Otero: "Parece que nos vamos a caer", o entonando su elogio de la sopa de ajo, o con ese mirar de sus ojos voraces, en el ansia de "acuñar las cosas/ detener su hosca prisa/ de adiós", queriendo retener el tránsito portuario cuando nos despedía a Isabel y a mí. O, unos años más tarde, en la casa de Lagasca, al visitarle para ver si me daba el visto bueno a una carpeta; recuerdo cómo me impacientó tener que soportar la retransmisión de una corrida, pero al final allí tenía a Claudio animándome: "Así me gusta, un poema largo, un sermón, a lo Leopardi..." o: "No hagas caso a Carlos (Bousoño), ¿¡cómo que 'hiel'!? déjalo como está, 'en la miel', 'en la miel de sus nichos'", o bien: "¿¡Adónde vas con eso de 'podre', hombre!? ¡Pus! ¡Pus!. O en una visita al hospita, donde convalecía de una operación de ciática (me decía en aquella ocasión algo que con el tiempo se cuajaría en unos versos de Casi una leyenda, que la mayor injusticia de la vida es el dolor del cuerpo), y allí estaba Claudio, en el lecho del dolor, y en la mesa de noche un libro sobre los pájaros de la Península Ibérica, y era como si en aquella estampa se cifrara su oficio de altanería, su lección clara de vuelo. O ese último encuentro en el piso de Santa Hortensia, llevándole unos versos que hablaban de nubes y de telarañas, de rocío y beleños, de perderse bosque adentro, por entre la arboladura de los pinos, en pos de esas orejas muy atentas del bosque como son los níscalos, todo ello en una atmósfera muy claudiana, en versos que el daban mucho a su poesía; y, con los versos, una primicia de setas de los bosques de Hoyo de Pinares, y Claudio, mirándome por encima del canasto: "No me habrás colado un hongo alucinógeno de los tuyos, eh, Miguel...".
     Pero de entre todos los Claudios que me fue dado conocer, yo quiero acordarme de aquel que nos cantaba en la noche de Melilla: "Dichoso el que tiene/ su barca a flote/ y el viento le mece/ su camarote/, oliendo a brea/ oliendo a brea", mientras mecía su corpachón y desplegaba sus brazos como para volar, como el gran albatros que es de la poesía, sobre la espuma del destino.

Revista Archipiélago, 
Cuadernos de Crítica de la Cultura, 
Nº 63, 2004
Miguel Ángel Velasco y Enric San Miguel

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