Café con Libros (II)





El otro día me armé de valor cogí el teléfono y llamé a la Universidad de Oviedo. Una señorita muy simpática (desde que tengo este nuevo trabajo de tanto contacto con la gente me camelo a todo el mundo, estoy hecho un hacha, sí señor) me facilitó el número de teléfono directo al despacho del profesor de Filología Española, don José Luis García Martín.  Para fliparlo...

El motivo de mi llamada no era otro que felicitarle por su sesenta cumpleaños, ese atravesar "la línea roja" tan temido como deseado por el poeta. Aproveché para saludarle y hablar con él por primera vez, que quedó gratamente sorprendido por mi "valor". La verdad es que no era tan fiero el león como lo pintan, no era para tanto, hombre.  José Luis García Martín es un tío muy amable e interesante. Un tipo inteligentísimo y sabio, con un caudal de conocimientos inmenso. Anchuroso río. Que ha hecho en la vida lo que ha querido, lo que le ha dado la real gana, y eso es algo que yo siempre admiro. Con un par...

Aproveché para pedirle más "material de trabajo" para mi botín del mundo, y tuvo a bien corresponderme como siempre con una nueva entrega de su interesantísima serie "Café con Libros", inédita aún en libro y que algún día verá luz. Secretos de Mujer, se titula. A ver qué nos depara...


***


Martín.-- ¿Hay algo a primera vista menos interesante que una biografía de Carmen Conde? ¿Quién se acuerda hoy de Carmen Conde?

Marcos.-- A mí me suena a una especie de Aleixandre o Bousoño con faldas.


Martín.--Esta biografía, subtitulada “Vida, pasión y verso de una escritora olvidada”, es un encargo con motivo del centenario, ya que nació en 1907. El propio biógrafo, José Luis Ferris, confiesa en el prólogo las reservas con que lo recibió: “No me seducía lo más mínimo la figura de una mujer por la que sentía el aprecio justo y una admiración más bien escasa”. Y sin embargo...

Ana.-- Y sin embargo pocos libros más apasionantes. Carmen Conde, durante el franquismo, tuvo que esconder un doble secreto, o hacerse perdonar una doble culpa: su pasado republicano, su gran amor por otra mujer.

 Carmen Conde (1907-1996)

Martín.-- No solo descubre José Luis Ferris los secretos de Carmen Conde. A mí me ha divertido mucho leer las cartas apasionadas que Ernestina de Champourcín le escribía y los versitos que le dedicaba. Como todas las cartas de amor, ya lo decía Álvaro de Campos, son conmovedoramente ridículas.

Ana.-- Lo curioso es que Carmen Conde, para seguir escribiéndola en el mismo tono, le hizo prometer que rompería inmediatamente, tras leerlas, todas su cartas. Y así lo hizo Ernestina, pero ella las conservó cuidadosamente.

Martín.-- Carmen Conde estaba orgullosa de su vida, no se avergonzaba de nada de lo que el franquismo le obligaba a ocultar. Por eso guardó todos sus papeles íntimos. Esperaba un biógrafo que nos la mostrara en toda su hermosa verdad.

Alfonso.-- A mí lo que más me ha interesado de este libro no son los secretos de alcoba, más o menos jugosos, que revela, sino el retrato de la mujer nueva que presenta. Carmen Conde ha de ganarse la vida desde la adolescencia, estudia para maestra, se da a conocer muy joven como escritora, funda la Universidad Popular de Cartagena durante la república. En la guerra civil trata de evitar los desmanes de las hordas que tanto daño hicieron a la causa popular. Una de las acusaciones al terminar la guerra fue que había participado en la quema de la iglesia de Santa María de Gracia, el 25 de julio, cuando fueron destruidas algunas de las más célebres esculturas de Salzillo.

Martín.-- Y ella estuvo allí, pero para tratar de evitar aquella acción. La acompañaban algunos jóvenes estudiantes, pero no solo no consiguieron nada sino que incluso peligró su vida.

Ana.-- Carmen Conde se casó con otro escritor, Antonio Oliver Belmás, y la historia oficial habla de un gran amor y de un apoyo constante. Antonio Oliver sería el mentor, el primer crítico, el escritor que sacrifica su propia obra para apoyar la de su mujer. La verdad es muy distinta. Trató de someterla a los estereotipos de la época, pero ella no se dejó domar. A comienzos de 1936 conoció a Amanda Junquera Butler, una mujer rica y culta casada con el catedrático Cayetano Alcázar. Primero hubo admiración, luego un amor que duró toda la vida. No lo ocultaron, o no lo ocultaron demasiado. Al marido de Amanda no pareció importarle (incluso puso sus influencias oficiales al servicio de Carmen Conde y de sus amigos republicanos); Antonio Oliver lo llevó de peor manera, pero no tuvo más remedio que resignarse. Los mejores poemas de Carmen Conde tienen como protagonista a Amanda, en ocasiones con las veladuras que exigía la época, pero otras veces directamente, como en el “Canto a Amanda”, escrito en 1945 y publicado privadamente en 1951: “Los años que transcurren junto a ti / son sueño del que nunca he despertado / sin el hallazgo, Amanda, de tus ojos”.

 Carmen Conde y Amanda Junquera

Martín.-- Curiosamente Amanda y su marido vivían en la calle Vellintonia en el piso superior de la casa de Aleixandre. Esa fue la residencia también de Carmen Conde, primero compartiéndola con el matrimonio, luego las dos mujeres solas.

Ángel.-- El triunfo mayor de Carmen Conde vino cuando la nombraron académica. Ese fue el gran sueño de Emilia Pardo Bazán, de quien se acaba de editar una antología de cuentos, La maga primavera, que incluye uno inédito.



Ana.-- Emilia Pardo Bazán consiguió todos los honores posibles, salvo ser académica. ¡Cómo la odiaron las grandes figuras de su tiempo, de Clarín a Menéndez Pelayo! Quiso ser una intelectual sin dejar de ser una dama. Las noticias periodísticas sobre sus intervenciones públicas nunca dejaban de aludir a su atuendo. La prologuista, Marta González Megía, cita una noticia de Las Provincias en la que se indica que “se presentó luciendo un riquísimo traje alto, de raso blanco, con encaje de Inglaterra, y ostentando valiosas alhajas, entre las que llamaba la atención una lindísima rivière de brillantes y gruesas perlas”.

Marcos.-- Cuando publicó una de sus novelas, me parece que La Tribuna, causó un gran escándalo, entre otras cosas porque describía un parto, algo al parecer impropio de una señora. Los socios del casino al que acudía su marido criticaron el hecho y este acudió a casa hecho una furia. Le dijo que tendría que escoger entre él y la literatura. Y ella cogió las maletas y se marchó a Madrid. Escogió la literatura y el amor de Galdós y vivir a su aire... Hace falta valor para hacer en aquella época una cosa así.

 Emilia Pardo Bazán (1851-1921)

Martín.-- Pero también mandó la novela a Roma para que la curia vaticana acreditara su moralidad. Emilia Pardo Bazán no era una revolucionaria, respetaba los valores de su tiempo; solo quería para la mujer los mismos derechos que para el hombre.

Ana.-- ¿Y te parece poca revolución? En aquella época no podían imaginarse nada más subversivo, más “antinatural”.

Ángel.-- Yo creo que el interés actual por Emilia Pardo Bazán no tiene demasiado que ver con sus méritos literarios. Lo que se valora es su feminismo. No he leído a Carmen Conde, ¿vale la pena? ¿O es solo un figurón prestigioso para uso de lesbianas?

Ana.-- ¡Qué bruto!

Martín.--  A mí me parece que escribió demasiado y que la mayor parte de lo que escribió vale poco, no ha resistido el paso del tiempo. Quizá se salven algunos poemas.

Marcos.--  No puedo hablar de Carmen Conde porque apenas la he leído, pero todo lo que escribió Emilia Pardo Bazán tiene interés, aunque algunos de sus textos estén apresurada y algo chapuceramente escritos, como señalaba Clarín. El vigor de la expresión compensa de sobra la falta de ciertos primores de estilo

Ana.-- Hay un cuento suyo, no sé si se recoge en esa antología, que a mí me parece ejemplar. Se titula “El encaje roto”.  
                                                                      

Ángel.--  Está, está.

Ana.-- Una mujer se niega a casarse en el mismo altar, con el escándalo consiguiente. La narradora no estuvo allí, pero se imagina la insólita escena. Algunos años después se encuentra a la protagonista en un balneario y esta le cuenta la razón de aquella negativa, que nadie se explica. Leed ese cuento, son dos o tres páginas. Parece mentira que, en pleno siglo XIX, pudiera escribirse algo tan sutil y tan verdadero.

Ángel.-- El cuento inédito que da título al conjunto, en cambio, no vale nada; ni siquiera es un cuento.

Alfonso.--  No sé si se ha subrayado el valor histórico que tienen los relatos y los artículos de Emilia Pardo Bazán. Son como el vaciado de una época, están llenos de pequeños detalles exactos. Un relato suyo dice más sobre su tiempo que cien monografías.

Ángel.-- Yo sigo creyendo que el interés por ella, o por Carmen Conde, tiene que ver sobre todo la moda de los estudios sobre la mujer.

Ana.-- ¡La mujer no es una moda! ¡Es media humanidad!


WOMAN’S SECRET 
CAFÉ CON LIBROS


José Luis García Martín


José Luis García Martín, poeta

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Un hombre ha terminado de escribir




Aún hay tiempo para la esperanza. Para acabar con todas las reticencias. Aún es posible la reconciliación de este pobre poeta enamorado, el que ahora escribe este dietario, con los premios de poesía, su batalla perdida. Queda un resquicio de luz para volver a creer, una pequeña rendija en la persiana rota de la vida de poeta por la que se cuela un soplo de aire fresco. Ganas de seguir ahí. Aquiles ciñendo su armadura.


Resulta que un poeta navarro —no uno cualquiera, claro, sino uno de los mejores que ha habido y no sólo en los últimos años sino en toda la afligida historia de la poesía navarra— ha ganado un Premio de los grandes. De los de bien de pasta (a un poeta hay que mimarle, hombre, hay que valorarle, un poeta es un artista, no un pelele) y publicación y distribución a nivel estatal (si un libro de poemas no se distribuye fuera de Navarra es como si no existe, se muere, agua de borrajas).


Alfonso Pascal Ros, un poeta de los buenos, y de aquí, un tío legal, sincero y directo, sin doble capa ni doble fondo ni segunda piel, qué más se puede pedir..., un hombre tímido y reservado pero a la vez arriesgado y valiente, ha obtenido en estos días de sofocante calor el IV Premio Internacional de Poesía “Ciudad de Pamplona” con un poemario se sugerente y calmado título, UN HOMBRE HA TERMINADO DE ESCRIBIR.




Pero vayamos por partes. Y, eso sí, al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios. En Navarra no existía la Poesía, no teníamos nada —y no precisamente por falta de talento ni de dinero—, estábamos más solos y abandonados que Robinson desnudo en su playa desierta. Totalmente aislados del mundo en nuestra cabaña.  

Y aparecieron un par de tipos, José Luis Allo y Javier Asiáin, y le dieron la vuelta a la tortilla. Se dijeron, pero por qué aquí no, qué pasa aquí pues… Y empezaron a moverse, a revolver Roma con Santiago, y crearon tertulias literarias hoy consolidadas, fundaron revistas de poesía, organizaron encuentros con otros poetas y congresos de poesía, trayendo a Navarra a poetas de primera fila y, por último y de momento, esto, la caña de la caña: el Premio Internacional de Poesía “Ciudad de Pamplona”. Con mucha ilusión y esfuerzo se liaron la manta a la cabeza y la armaron. Con dos cojones. La edición anual del Certamen ya lleva varios años funcionando y con mucho éxito de participación de poetas de todo el mundo.


 José Luis Allo (primero por la derecha) y Javier Asiáin (segundo por la derecha)


El poeta José Luis Allo es un tío inquieto y visionario.  Casi se podría decir que sin él, sencillamente, la Poesía no existiría en Navarra. Estaríamos aún viviendo en las cavernas mitológicas de Platón. Y es que nadie como él ha hecho tanto por la Poesía en Navarra, nadie se ha movido tanto, nadie ha ayudado, empujado tanto siempre a los jóvenes y no tan jóvenes poetas. Habría que levantarle algún día una escultura en la plaza del Castillo, al lado de la del rey Carlos III, para que los críos sepan quién era este poeta y lo que hizo en Navarra.


En cuanto al poeta Javier Asiáin, qué decir de él que no se haya dicho ya en este pequeño botín del mundo. Su nombre es sinónimo de Poesía, de la buena Poesía en Navarra. Denominación de origen. Y su poesía, su obra poética, una gestación en las entrañas de esta tierra olvidada del Norte. Porque nadie ha llegado tan lejos aquí con sus versos -aunque algunos se empeñen en ignorarlo-, desde que explotara como poeta hace ya bastantes años en su lejana adolescencia, y hasta hoy. Si hay un poeta que nos represente allende fronteras ése es sin duda Javier.


 Javier Asiáin (segundo por la izquierda, junto a Jesús Munárriz, miembro del jurado) en la ceremonía del último fallo del "Ciudad de Pamplona".


Pero bueno, volviendo a Alfonso Pascal Ros, hay que decir, lo primero, que se trata de un poeta de largo recorrido, (vamos, que no empezó ayer precisamente en esto de la poesía), alguien que se sabe poeta por encima de todo, y ahí está la calidad de su obra para demostrarlo. Un poeta sin una obra detrás que le avale no es un poeta, es sólo un fantoche, un figurante. Con este Premio, Alfonso se sitúa por derecho propio en el mascarón de proa de la poesía navarra.


Este Premio lo confirma todo. Porque Alfonso Pascal Ros no tiene que demostrar ya nada a estas alturas de la película. Nada que no haya dicho ya con sus versos, que es donde un poeta ha de hablar. Vanguardia en su obra, pero con un poso de Historia y de realidad cultural viva, descaro poético y soltura  en su obra, pero a la vez elegancia y hondura, sin la cual no hay poesía que llevarse a la boca. Saber hacer en sus versos, finura e inteligencia. No decir nada sin conocimiento de causa.



Se lo dije el otro día personalmente: ya tengo ganas de meterle el diente a su nuevo poemario, flamante ganador del “Ciudad de Pamplona”, UN HOMBRE HA TERMINADO DE ESCRIBIR. Seguro que la vida de poeta tiembla en esos versos, seguro que nos deparará sorpresas en sus páginas, en consonancia con su espíritu guerrero de poeta. Seguro que aprendemos otra vez con él todos aquellos que amamos la buena Poesía, y se nos alegra el corazón por ello. Horas de placer en su lectura nos esperan.




 Alfonso Pascal Ros, poeta (Pamplona, 1965)

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Tras la luz poniente




La mayoría de la poesía que se destila en los libros de poemas premiados (con premios gordos) no sé por qué pero no me suele “tocar”. No es el suyo mi camino.  Me muestro siempre a esos poemarios renuente. Será porque pienso que la mayor parte de esos premios suelen estar amañados, adjudicados de antemano o en el último momento (es lo mismo) o de alguna u otra manera adulterados en el proceso selectivo inicial o final.  El caso es que, por un motivo u otro, esos libros no me los creo. Me los compro y los leo con muchos prejuicios, y eso, qué duda  cabe, influye en mi “diagnóstico” final negativo contra los mismos. No sé, pensad lo que queráis, quizá sea la impotencia del perdedor, el consuelo del derrotado.

Pero hay veces -muy pocas- en que salta la chispa, la química, el trallazo violento de la Poesía, y entonces, esta regla no se cumple en mí, y de repente, me topo con auténticas obras de arte. Como este poemario que tengo ahora en mis manos, y que releo con gusto en estos día de calor, de Juan Manuel González. Lo descubrí hace unos años y me sedujo de inmediato en su lectura: TRAS LA LUZ PONIENTE, se titula. Tenéis que buscarlo como sea y leerlo, porque es una Maravilla, Fortuna de Constantinopla, página iluminada, Regla de Maestro.



 *



LA TARDE, CADA VEZ MÁS CORTA


Antes de cruzar la raya fronteriza,
bajo los vencejos tejiendo el cielo con hilos de bramante,
tras las huellas de cascos antiguos, hundidos, borrachos de agua,
herencia de la lluvia que enmarece el paso de los días,
se intuye, contra el viento, el rumor de los maíces por nacer,
el crujir desaparecido de las carretas con sus varales,
la claridad de las anchas tardes infantiles
reclinadas sobre el sonido de los regueros,
la sombra de los tilos en rebrote,
las plegarias de las santateresas, verdes, arrodilladas,
vigilantes de un mundo caliente y mullido, esperanzado.

A cada uno le es dado y arrebatado,
una vez en la vida, su verdadero paraíso.
Aquel en el que las cerezas se cazaban con largas cañas,
las avellanas y los almendrucos se entregaban en mano,
después de atravesar la transparencia de las acequias,
encaramados en hojas, a la espalda de libélulas y tabarros.
Aquel, en el que el tiempo no tenía cuerpo,
dormía a la entrada del jardín, enroscado, 
frente a la mirada noble, y húmeda, de los mejores perros,
y estarse solo no era quedase en soledad,
sino acompañado de cien destellos, penetrado de todo.
En ese territorio, que no sabía de la memoria,
ni de la conciencia, ni de para qué vuela el espolón de la muerte, 
no se oían graznidos, cercanos truenos, 
ni la mentira angustiosa de los trisagios al caer la tormenta;
crecía el zureo de las becadas, el cuajar del centeno
para abrir largos túneles de ternura, sendas acogedoras de terrón fértil.
Hurones y martas, liebres y lebreles, se hermanaban
frente a nosotros, insectos deslumbrados por el graznar eterno de las zarzamoras.
Imperio de avefrías, de peonzas danzantes, garduñas y lentos grajos,
de herrizas, nichos de sangre germinal en las lomas,
que permitían sueños de savia, amarillos, y azules,
en las rendijas porosas de las troneras, de las torres aún no derruidas.

Hoy, antes de cruzar la raya fronteriza,
al vadear la levedad del arroyo dormido, umbría de chopos,
que separa, según dicen, Castilla de Portugal,
la helada, invisible, densa, hiere los campos,
encostra de blanco roblizas y manantios, tallos y troncos,
obedeciendo a la crueldad rígida de las estrellas
que aguardan el final de las horas en que la luz combate.
Su poder nocturno, tercamente inexorable,
clava agujas de reloj contra nuestro viaje más secreto,
libera los tendones de los recuerdos, acorta la tarde,
establece sin remedio como, una vez en la vida,
a cada uno le es dado, y arrebatado, su verdadero paraíso.

Desde el Fuerte de la Concepción, en Aldea del Obispo, entrando en Portugal


*





ENTRE EL HUMO DORADO



Silente abrazo del humo

derramándose dorado desde tu cuello,
hasta el final de la quietud
que se adormece en los hilvanes carmín recogidos en tu falda,
cautivos del sexo inmóvil
cubierto por la luz transparente
surgida, como brotes de bambú,
al posarse todos los instantes del atardecer en tu mirada.

Lejos, en las veredas abiertas hacia Oeiras,
juegan tejos y enebrales una interminable partida de ajedrez con la Muerte,
junto a ti, las enredaderas nos vigilan y defienden,
combaten el peso de los días
con un lento vagar de zarcillos y hojas triangulares,
en cuyo envés aún puedo escribir, ocultar los sentimientos,
el miedo a la pérdida,
la intución de que esto es sólo un paréntesis entre batallas y derrotas.

Sujeto la ligera pipa de caña,
cazoleta de porcelana recubierta de tallos de esmalte;
mezclo la masa anaranjada, la enciendo,
una vez tras otra, mecánicamente,
hasta que el alma de la amapola prohibida
vuela de mis labios a tu boca,
obligándonos a entornar los párpados
para ver el color interior de la vida,
ese que late cuando, sin el más pequeño movimiento,
entramos despacio, de puntillas, el uno en el otro...

No hay flores de plomo,
apenas gotas azucaradas de satén y adormidera,
ardiendo clandestinas, únicamente para nosotros.
Alguien, con discreción,
quema varillas de sándalo, de jazmín...
ante una estatuilla oriental, Siva danzante, negra.
Te pediría una taza de té, a compartir,
pero cualquier movimiento es imposible, suburbial e inútil,
frente a la necesidad de observarte, reclinada ante mí,
tu óvalo, de nieve, tapiz invernal de pájaros y opio, caído sobre mis manos.

Verdor de cipreses contra la ventana,
árboles de cristal, pulso frágil, quebradizo;
sueño que te desabrochas la blusa,
el pelo, vencido, se te disgrega al azar sobre las sábanas.
Me derrumbo bajo tu peso de gaviotas
y la ciudad se pone en marcha, vuelta brigadas de estrellas.
Te pediría una taza de té, un filtro para olvidar,
pero la bruma, el humo dorado, nos protege,
nos nutre y envuelve, nos cubre de sudor y de rocío;
hace de nosotros cazadores,
cazadores emboscados, sin recuerdos, en el borde iluminando de la noche.



JUAN MANUEL GONZÁLEZ
TRAS LA LUZ PONIENTE
ed. Visor, Madrid 2007




Juan Manuel González, poeta 
(Madrid, 1954-2008)

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¿poesía? pero si no rima...



No nos engañemos: si fuera por las grandes editoriales, esas que hacen caja con los best-sellers de turno (ya sean biografías de políticos o novelas sobre zombies, valgan los ejemplos), la poesía habría desaparecido de las librerías hace mucho tiempo. A no ser que el autor sea un famoso. No un poeta famoso, aclaro: un famoso, sin más, sea este cantante, futbolista, torero o astronauta. 

Y así ocurre que, en muchas librerías, la única poesía que podemos encontrar, aparte de ciertas sinopsis de contracubierta (algunos editores son unos cachondos, es evidente), son los volúmenes anotados de Cátedra. Así, el común lector, ese que devora novelas sin ton ni son, sigue pensando que la poesía rima sí o sí, y que  Quevedo y Bécquer siguen siendo el no va más. El común lector, si sigue comprando en esas librerías, no tendrá manera de conocer que, desde Bécquer, la poesía ha evolucionado tanto que ya no la reconocería ni su madre (alguna habitante de la Antigua Grecia, musa entre las musas, si hay que hacerle caso a Robert Graves). 


Hagamos la prueba: démosle a uno de esos comunes lectores (alguien alejado de los círculos poéticos del lugar, que siempre los hay) una servilleta con un poema escrito en ella de, por ejemplo, Leopoldo María Panero; por ejemplo

No es tu sexo lo que en tu sexo busco
sino ensuciar tu alma:
desflorar
con todo el barro de la vida
lo que aún no ha vivido.

El común lector se preguntará por qué no rima. ¿Es esto poesía? Podrás hablarle entonces de todos los avances que se hicieron en los últimos cien años, del Modernismo, las vanguardias. Incluso de que aquí tuvimos a varios monstruos de la decapitación de la rima (seguro que les suenan Lorca o Alberti aunque no haya leído nada de ellos). Tal vez entienda que las cosas han evolucionado muchísimo. Incluso podemos llegar a convencerle de que Panero, aparte de ser un loco entrañable (a ratos) es uno de los poetas más importantes de la historia de la literatura en nuestro idioma. Aunque sus poemas no rimen. 



Podemos rizar el rizo y alcanzarle a ese común lector un ejemplar de Cuadernos amarillo, rojo, verde y azul, del malogrado Pedro Casariego Córdoba. Mejor no comentarle que su viuda, Ana, se apellida Ruiz de la Prada o atará cabos que no existen tras un rápido vistazo al librito. Para quien no lo haya visto nunca, el título no engaña: está dividido en cuatro partes, cada una impresa en papel de un diferente color (excelente la edición de Árdora, por cierto). Las ilustraciones son del propio autor, y forman un todo con el texto. ¿Es esto poesía?, nos volverá a preguntar. Sí, y no sólo las letras, también los dibujos: ellos forman parte de lo que el autor quería contar. Efectivamente, esto también es poesía, aunque no rime, esté impresa en papel de colores y tenga dibujos que parecen hechos por un niño.



Afortunadamente para las grandes editoriales, la poesía se sigue moviendo pero nunca les quitará espacio en las grandes librerías y centros comerciales. La poesía sigue evolucionando, eso sí, gracias a editores independientes, a asociaciones culturales, a grupos universitarios, y a individuos anónimos que dejaron de ser comunes lectores, visitaron librerías sin luces de neón en donde no se acepta el pago con tarjeta y empezaron a escribir poemas sin rima en servilletas de bar, mas difícilmente llegará a ser considerada popular. Y creo que es más feliz así. 


 Víctor Miguel Gallardo 
blog LECTURALIA 
28 de Febrero de 2010

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