Querido Borges

 Encuentro con Borges en los Jardines de Luxemburgo 
(París 2005)


Querido Borges algún día
En la rueda infinita del tiempo
Más allá de la máscara descompuesta de estos años
De las palabras que contra el Horror pudimos levantar
Más allá del espanto
La larga cabellera de la sangre
Los pájaros espesos de la sabiduría
El esplendor y la miseria y el azar
En la luz incendiada de un mundo ya propicio
El Canto será libre
Más allá del dolor Sólo alabanza
Y al final de ese día
Bajo las largas sedas de una noche inefable
Todo ha de sernos revelado
Sabremos que la Muerte estaba loca
Y rodeados de vino y músicos y bailarinas
En una fiesta dorada de tigres y de espejos
Flaubert Khayyam Virgilio y Shakespeare
Y Baudelaire y el Inmortal
Desterrado beberán con nosotros
Y el Aduanero nos retratará para siempre 

El Retrato Oval, MUSEO DE CERA
de José María Álvarez

***


-Durante los últimos años ha estado usted viajando por todo el mundo homenajeando a su maestro, Jorge Luis Borges, con la Fundación que creó y preside María Kodama. ¿Cómo ha vivido esto? Supongo que con muchísima emoción.

-Sí, en muchos lugares. Pero es lógico que haya sido así. María y nosotros estamos muy unidos; ella pasa bastante tiempo también aquí, y nos vemos mucho. O en Buenos Aires, en Rusia, por mil sitios. Pero yo siempre he pensado que era lo mínimo que yo podía hacer para Borges, que fue mi maestro, y lo sigue siendo. Debo ser de las contadas personas, con María y Bianchiotti, que hablaron con él cuando ya la Muerte estaba ahí. Jamás olvidaré sus últimas palabras por teléfono: “Álvarez, soy muy feliz”. Siempre pensé que esa felicidad era María.

                                                 ***

Ensayo-Conferencia SOBRE BORGES. 
Por José María Álvarez

Al hablar sobre Borges lo que procede es celebrar.
Celebrar la inmensa alegría de haber vivido en la misma época en que ennoblecía el mundo y la Vida, alguien como Borges. Y agradecerle que con su obra, con sus conjeturas, con su humor, con su lucidez, haya perfeccionado ese mundo y hecho más deseable esa Vida.
 
Esto, supongo, muchos seres humanos, podrían repetirlo. Los escritores le debemos también su altísimo magisterio. Borges, como Shakespeare, como Nabokov, como Kafka, como Hume, como Tácito, como Virgilio, Dante o Stendhal, nos enseña cómo no escribir; esto es: ningún escritor puede fijar como meta de su obra ejemplos inferiores a esas páginas de El HACEDOR, de El ALEPH, de FICCIONES, de su Poesía, de tantos libros  imperecederos. Y nos ha enseñado que la Literatura no perdona.
 
Yo no tengo dudas sobre que en toda la historia de nuestra Lengua, en toda la escritura en español, ni el gran Alfonso Reyes, ni el MARCO BRUTO  de Quevedo, ni las páginas de García Márquez o Carpentier, alcanzaron la excelencia de su prosa.
 
La escritura de Borges nos estremece. Palpamos la grandeza del hombre, sabemos que, al menos ahí, —como en LAS BODAS DE FIGARO, la Novena de Beethoven, LAS MENINAS, Melville o Montaigne, Cervantes, Lampedusa, o cualquier otro de los que antes he nombrado, y varios más— nos hemos salvado. Le hemos dado a la caza alcance. Yo quiero rendirle un homenaje a esa grandeza que me sirve también para creer que esta especie a la que pertenezco, acaso no deba ser condenada. Es una certidumbre que me hace feliz cada vez que abro uno de sus libros, que me abandono a sus cuentos, a sus poemas, a sus respuestas a las preguntas de los entrevistadores. Ese inmenso talento y esa grandeza humana, ahí, hechicera, inefable como la sonrisa de la Esfinge.  Como escritor es mi alimento. Toco los espacios dichosos de lo imperecedero. Me fecunda con lo extraordinario.
 
Hay una frase que le escuché en cierta ocasión, y con la que afirmó que él siempre había escrito para la antigüedad. Esa aparente boutade, explica mucho sobre esa grandeza: Escribir midiéndose con lo que han dejado en ese espejo de sabiduría, esa norma, los modelos ya hechos sangre de uno, los grandes del pasado, si es que existe el pasado. En pocas palabras: los que, como alababa Ramón Llull del caballero, “señorean” la Literatura. Esas páginas —pero también esas telas o esas esculturas o esas músicas o esas construcciones— que en cualquier lengua y sobreviviendo al instante en que vieron la luz, al mundo al que estuvieron vinculadas, y cuyas significaciones pueden haber desaparecido para nosotros o sernos extrañas, mantienen sobre el tiempo, el poder de emocionarnos muy vivamente, de dejar entre nosotros una huella inolvidable, como aquella que Robinson vio un día en las arenas de la playa.
 
Las formas de producir esa emoción cambian según el acontecer de los hombres, su sensibilidad, la altura de vuelo de su época, y la suya propia, pero aventuro que las razones de su perennidad son siempre y únicamente artísticas.

La absoluta perfección de las miniaturas de Borges, son  —como él apreciaba en otros— pedazos de vida que sentimos rozarnos como el viento o la lluvia. Condensan la limpia mirada de Homero y el laborioso Proust, el salvaje trallazo de Shakespeare y el mármol dichoso de Quevedo o de Tácito, el vuelo de plata de San Juan de la Cruz, la madera noble de Fray Luis, la pasión de Al-Mutanabbi, la lucidez inviolable de Montaigne, de Gibbon, el oro de Virgilio y el fulgor de Dante, las tinieblas de Verlaine y de Quincey y el finísimo hilo de irrompible seda de Reyes o Browne, las angélicas moradas de Rembrandt y Mozart, la Luna infinita de Stevenson. En la decantada línea de un poema de Borges, en todas sus palabras, vive la memoria de Li Pao y Schopenhauer, LAS MIL Y UNA NOCHES, el estremecimiento de Keats y el sueño desesperado de un anónimo soldado de Lee.
 
Encantar. Sí, encantar, sobre todo. Sin lo cual no existe el Arte. Suficientes hombres a lo largo de los tiempos han poseído esa extraordinaria facultad. Algunos gozaron de ese poder en forma eminente. Entre ellos está Borges. Son lo que sobrevive a cada época, ellos y el mundo que conformaron.
 
Borges sabía que el Arte, que la Literatura es un pedazo de Vida, con todo el derecho a una vida propia,  como cualquier otro ser bajo el sol. Y supo que esa escritura elabora su discurso adentrándose en un territorio inexplorado, que no suele llamarse “la realidad”, sino lo que ella es en ese espacio donde su memoria está mixturada con una sabiduría que sólo al Arte corresponde; quiero decir, donde toda referencia está bañada por una luz que no es la de esa “realidad”, sino la de la imaginación, que transfigura toda evocación revistiéndola de significaciones estéticas. Y no es a la vida primigenia sino a esas aguas desconocidas a las que invocamos cuando se arrancan las piedras preciosas de la narración. Y aún más —y Borges lo dijo muchas veces— a las que también se acoge el lector inteligente en su emoción.
 
Los antiguos griegos, que acaso son quienes más  directamente han trabajado con el material de primera mano de la realidad —aunque su vida, todo hay que decirlo, bien fusionada estaba con la maravilla, respiraban el Arte como el aire mismo— no creo que puedan quedar fuera de esta aseveración: cuando Homero escribe la despedida de Héctor, ese HOPO DE CRINES COMO FUEGO AL VIENTO sobre su yelmo no es fruto sólo de la pura observación, sino de un espacio donde la tosca crin está iluminada por la pasión de la belleza y con unas palabras, —esas, y no otras— que son las que en nosotros van a despertar una inolvidable emoción. Y esa emoción que nos sobrecoge, esa majestad espiritual, ese vértigo como el que sentimos en el deseo, eso es la Literatura.
 
Ser capaz de esa página, de ese pulso contra la Muerte… Ese es el único desafío para  un escritor. Y creo, estoy seguro, de que las palabras de Borges han cruzado esa frontera: su obra —como Taine advirtió quizá exageradamente refiriéndose a Byron— alcanza tal perfección, que hace parecer a tantas otras también memorables, inertes en comparación con ella. Y proyecta esa larga sombra de grandeza, como Eliot veía en Virgilio, a cuyo amparo la Literatura puede seguir viviendo. Su transparencia, su poder de Encantamiento, han conformado ya lo que somos. Borges ya es carne del mundo. Como Pope escribió de Shakespeare, qué pocos han recibido, como Borges, en grado tan eminente, el poder de obrar sobre nuestra imaginación, sobre nuestra vida, de forma tan diversa y perdurable.
 
Y quiero agradecerle también a Borges, por sus enseñanzas en tres cuestiones esenciales:
 
La primera es haberme llevado, con indicaciones en su obra, con sugerencias en tantas conversaciones, a la lectura de ciertos escritores, a los que acaso yo hubiera descubierto más tarde, pero de otra forma, y desde luego los busqué porque Borges los exaltaba: Bloy, cuya revelación también se la debo a Jünger, Swedenborg, Herbert Wells, Berkeley, Boswell, Thomas Browne, Paul-Jean Toulet, Groussac, el Capitan Burton; y una mejor lectura de Conrad, de Homero, de Quincey,  Verlaine, y de Stevenson.
 
El segundo tema a que deseo referirme es su criterio sobre la Traducción. Normas que la infamia de nuestro tiempo hace muy necesario reflexionar sobre ellas, y, a mi entender, seguirlas: Porque Borges defendió lo que creo la única posición digna: Que sólo se puede traducir —sobre todo la Poesía— por amor; que sólo un poeta puede traducir a otro poeta, y sólo a otro poeta con quién sienta una vinculación seductora. Una ocupación dichosa, llevada a cabo sin otras miras que el gozo de esa traducción, de cuanto con ella se aprende, y que no será tanto la versión a otra lengua de unos sueños amados, sino la obra de otro creador. Las traducciones literales son letales para la Literatura, porque como Borges decía, los idiomas no están compuestos de sinónimos equivalentes, sino que cada palabra tiene una connotación emotiva distinta. Y el poema no existe en el sentido abstracto de las palabras, sino en ese relámpago mágico. Chesterton aseguró que el lenguaje no es un hecho científico, sino artístico. La traducción, por lo tanto, ha de ser “literaria”, no “literal”. Borges afirmó que el mundo intelectual —él lo dice refiriéndose a la ETICA de Spinoza— puede acaso ser traducible, pero no la Literatura. Y que no creía que un poema pudiera traducirse, sino recrearse. Yo también creo que la Poesía está más allá del falso juego de sinónimos que los diccionarios pueden facilitar; los diccionarios llevan a error porque nos hacen creer que una palabra corresponde a otra en diferente idioma. Es lo mismo que dijo Ezra Pound: Compensad las pérdidas de la mutación creando una belleza nueva.
 
Y el tercer espacio de mi agradecimiento, tiene que ver con sus opiniones, vertidas aquí y allá en entrevistas, en artículos sueltos. Porque no sólo nos ha ilustrado Borges —y ahí está para asombrarnos hasta el último día de nuestra vida—, no sólo hemos gozado y aprendido de sus cuentos, sus ensayos y su Poesía. Creo que esa obra es inseparable de ésta otra, no menos enriquecedora: Cuanto dijo, casi siempre fundido con el humor más fino, sobre tantos libros, tantos autores, sobre el ejercicio de la política, sobre la vida, sobre la Historia. Esas opiniones —esas “conjeturas” como a él le gustaba decir— nos han enseñado a pensar, a dudar, a orientarnos en el Laberinto, a descreer de todo Poder, a mantener como absolutamente irrenunciable nuestra Libertad de pensamiento y de conciencia, la constante defensa de las libertades frente a la trituradora igualitaria y soez y el totalitarismo de los modernos poderes. Esto es: a vivir y a pensar con libertad, sabiendo que no hay nada por encima de nuestra individualidad.
 
¿Imaginan ustedes el coraje que es preciso para salvar, en esta época de confusión y arrasamiento de todo vestigio civilizado, de abolición de la Cultura, de piafante exaltación de la barbarie del multiculturalismo y el mestizaje, el valor y el temple que se necesitan para mantener la defensa de la jerarquía cultural?.
 
¿Suponen ustedes la entereza precisa para despreciar y reírse  en este tiempo atroz de los delirios políticos, para combatir la insania de los nacionalismos, para revelar su rostro asesino?. Borges es uno de los maestros más lúcidos a quien escuchar, y el mejor ejemplo para fortalecernos en la oposición a todo despotismo, sea el de cualquier tirano como el más implacable de las Democracias de la opinión pública. Su obra es una inmensa barricada contra la inmensa destrucción que todos ellos suponen de lo que fue Civilización.
 
Y para terminar, quiero repetir algo que escribí poco después de su muerte: Recuerdo cuando murió. La sensación de orfandad. Era algo que esperábamos desde hacia algunas semanas, pero su muerte —como la de Welles, aquél mismo año— me causó el destazamiento espiritual de lo inesperado. Traté de consolarme diciéndome: Nos ha gastado una broma de las suyas: Dar su nombre a un cadáver en Ginebra. Pero aprovechando la confusión, Borges ha escapado. Algún día volverá. A la cabeza de un ejercito instruido que cargará recitando a Verlaine, a Fray Luis, a Virgilio, a Shakespere, o páginas del Dr. Johnson, invocando a Dante en la fiebre de sangre de la degollación del enemigo. Ese día lo veremos. En el altar de los sacrificios, averiguando en las vísceras, riendo.
 
En la madrugada del 14 de Junio, estaba yo en mi jardín, bebiendo como Li Pao, al claro de Luna. El firmamento del Sur era un mar de plata. De pronto me pareció ver en los cielos una inusitada brillantez. Me trajo a la memoria aquella luz que recorrió la noche sobre el campamento de César y cayó en el de Pompeyo la víspera de la batalla de Farsalia. La luminosidad fue perdiéndose hacia el Nordeste. Sentí que algo iba a suceder de gran importancia. Pocas horas después supe que anunciaba la muerte de Borges.
 
Recuerdo que me senté a escuchar un concierto de Vivaldi, mientras iba desgranando las certidumbres que nos unían:
 
-La Literatura es un destino.
 
-Sin duda, como Chesterton dijo, desde el principio todas las naciones han soportado gobiernos y todas se han sentido avergonzadas de ellos. Así, fuera de ser un tolerante liberal conservador escéptico, amenaza una espesa vegetación cubil de la fiera.
 
-Preeminencia de las Letras inglesas.
 
-Quizá la edición, al año, y en todo el mundo, de doce libros nuevos fuera ya suficiente.
 
-Y junto a lo anterior, obviamente, la supresión de prensa, radio y demás dislates viciados por obsesiones tan de zopencos como la información y la actualidad.
 
-Descreencia del sufragio universal, aunque prefiriéndolo al Comunismo o al Fascismo, mas por razones estrictamente de poder policiaco.
 
-De todas formas, el planeta y la historia de sus tribus, hijos del Azar o escritos desde siempre, en cualquier caso no merece sino la contemplación más serena y desesperanzada.
 
-El batiburrillo conocido por Arte Moderno, es un error.
 
-En peores errores hemos hecho guardia.
 
-Es rarísimo encontrar un pensamiento, un gesto inteligente o elegante posterior a 1945.
 
-Hay exceso de población.
 
-Sólo se puede leer por placer.
 
-Quizá no erraba el sueño de Philip Mainländer.
 
-Nada pudo en siglos destruir a un escritor (y aquí puede leerse: un músico, un pintor, un arquitecto, un escultor, un filósofo, etc.). El siglo XX lo consigue, haciéndoles creer que son personas como los demás.
 
-No es posible una Historia sin pasión.
 
-La Cultura —como una joya, una mujer o una copa de excelente vino —son regalos que algunos seres humanos ofrecen o reciben con carácter absolutamente individual.
 
-Los poetas —según afirmaba Rilke de Hölderlin— salen solos como la Luna.
 
Pensé: el mundo va a ser mucho más aburrido sin Borges, mucho menos interesante y bello. Tantas cosas estaban unidas en mí a su recuerdo. Compartíamos la adoración de Stevenson, el café, LAS MIL Y UNA NOCHES, Virgilio…tantos libros. Común era el culto al coraje, a la batalla, a la Luna, a ciertos films y la sensación de ocaso de nuestra Civilización; común el aborrecimiento de la chusma peronista y similares. También nos unía la admiración por Sevilla, por Turner, por Sicilia, aunque yo jamás compartí su veneración suiza (lo que por cierto si alimentaba otro de los pocos hombres excepcionales de quienes aprender: Emilio García Gómez). Sí, el mundo iba a ser mucho más aburrido sin Borges.
Y es lo que los años no han hecho sino confirmar.
 
Su obra está ahí, y a ella recurriremos sin cesar. Pero la expectación por ese nuevo libro que ya no tendremos, el trallazo en nuestra inteligencia, en nuestra conciencia, ante esos faros de sus conjeturas, que con tanta lucidez nos guiaban…

***

-¿Qué cree que significa o puede significar para usted EL ORO DE LOS TIGRES, que usted utilizó como título para un poema, como título también de una conferencia —creo recordar— y que es el título también de un maravilloso poema del maestro Borges?

-Eso. El Oro de los tigres. Borges lo veía. Ojalá pudiera verlo yo también algún día.

Del libro inédito EXILIADO EN EL ARTE
Conversaciones en París con el poeta José María Álvarez
Alfredo Rodríguez (Pamplona 1969)

Una mañana dorada en un mercado chino de París (Verano 2009)
Alfredo Rodríguez y José María Álvarez

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Un veneziano en Pamplona

Javier Asiáin y Alfredo Rodríguez, Pamplona 2008

Otros no sé, pero yo al menos moriría en el intento. Y si salvar la vida puede sonar demasiado pretencioso, perderla por querer ganarla se torna casi epopéyico, utópico más bien, rayano a una espiritualidad inalcanzable por elevada y alejada en exceso de una praxis a pie de calle. Pero yo insisto, daría un paso al frente, iniciaría esa cruzada -para muchos perdida de antemano-, militaría a brazo partido en el bando de personas como Alfredo.
   
Recuerdo que una vez el propio Alfredo en palabras parecidas me dijo: Javier, esto de la Poesía está muy enfermito, y debemos hacer lo indecible por recuperarla. Y yo, demasiado consabido o resabiado, en el momento, ni siquiera le di importancia percibiendo quizás en su intención un tono excesivamente narcotizado por el efecto estupefaciente de los ideales. Hoy es el día, en esta breve presentación que tanto me honra, que me veo abocado a darle la razón y sumarme a su lucha que, de otra parte, debería ser la nuestra; la de todos aquellos que intentamos a golpe de verso devolver a la Poesía la dignidad de su propio nombre, restablecerla hacia ese lugar reservado y preferente de civilizaciones pretéritas, cuando más o menos era sinónimo de Pontificado y Sabiduría.
    
Y es que, una de las cosas que más me llamó la atención cuando conocí a Alfredo Rodríguez, fue su excesiva nobleza, su ímpetu en defensa de la Poesía, sin medir las consecuencias, su franqueza insultante y demandante, esa manera de vivir  cada poema como si fuera el último, apasionadamente, casi desproporcionado (¿existe un verso proporcionado?) como si lo anterior no determinase y lo por venir cediera paso a la inmediatez del sentimiento. Lo cierto es que de un plumazo me hizo regresar al siglo XIX y a su concepción neorromántica de las cosas, casi platónica, pero viva y latiendo hacia su centro, sin mesuras.
    
Más tarde descubrí que su Poesía era también una extensión de sí mismo, una prolongación de su ente personal, afectivo, social, intelectual y sobre todo cultural. Y es que este Veneciano de Pamplona, este Novísimo vivísimo, profesa como pocos poetas modernos un culto estricto al culturalismo –a la postre también enfermo-, a la estética intelectual y decadentista proclamada en la Antología de 1970 de José María Castellet Nueve Novísimos que, para bien o para mal tanto trascendió a corto y medio plazo;  a ese registro por el gusto en la belleza formal y esa mitificación de espacios y ciudades que dejan de ser dormitorio para erigirse en patria.
    
A simple vista se diría que Alfredo camina a pie cambiado de tendencias actuales; pero también es cierto que su lucha es otra, avanza por el fango donde otros muchos se hunden y apunta donde los demás no vemos o hace tiempo nos cansamos de mirar. Pertenece a una estirpe no frecuente y su paso marcial reproduce y obliga, invitando a avanzar desde ese frente popular de las palabras cargadas de buenas intenciones. De las intenciones cargadas de palabras buenas.
    
Más lejano a la Poesía de la Experiencia y el lastre de sus deudas, y a ultimísimas corrientes de vanguardia, los poemas de Alfredo Rodríguez se imbrican como escamas en la piel poética y estilística de José María Álvarez –antologado a su vez entre uno de los Nueve Novísimos-, maestro de veneración y culto, y de quien tanto bebe y debe su propia obra. Así, SALVAR LA VIDA CON ÁLVAREZ  presupone un homenaje riguroso, casi adepto, del alumno hacia el maestro, un tributo a cuyos versos venera, admira y conoce casi de memoria y que han supuesto, a la postre, una extraña donación salvífica, un imperativo argumental para enfrentarse al mundo y sus diatribas.
    
Los poemas – que no voy a desmigar ni edulcorar- que se nos muestran en este primer libro publicado del autor, retrotraen siempre esa voz poética de Álvarez en la conciencia obsesiva de Alfredo, recuperan sus acentos, su temática intelectual–culturalista (alusiones a música, cine, libros, viajes... son frecuentes), su canto e incluso su tono existencial, (con razón los dos han recorrido juntos espacios y lugares que antes o después su obra rememora y ensalza, en una relación que entre ellos hace tiempo traspasó de la Poesía a la persona). Si hay un poema que desmenuza bien ese acercamiento progresivo del alumno hacia el maestro es sin duda A UNA ANTIGUA EDICIÓN DE MUSEO DE CERA que abre el primer capítulo FUEGOADENTRO, en el que el autor desarrolla de manera plástica y concisa el recorrido de lecturas y emociones que le llevaron a dar con su  preceptor y la trasformación posterior que dicho hallazgo supuso.  
    
Nos llega a decir Álvarez en uno de sus versos: he buscado en jardines remotísimos la flor perfecta. Y así, creo, el poeta continúa fijado en esa búsqueda estética con la mella del tiempo entre su óptica y su obra. De ese modo también, como si fuese un proceso de ósmosis, Alfredo se suma a su vez a esa búsqueda que desde hace años ha convertido en la suya propia. Máximo contrapunto en otro verso del mismo Alfredo que parece resonar como réplica: toda la vida buscando la belleza / y estaba tan cerca de ti.
    
Para Alfredo la Poesía no tiene medias tintas, o estás dentro o fuera, sin claroscuros ni términos intermedios, o sacude o pasa de largo, en la batalla sin concesión o fuera de ella como convidado ausente. Por eso estaría en la trinchera hombro con hombro al lado de sus versos, soportaría el fuego de mortero, las palabras cruzadas, la metralla consabida. Moriría con él en el intento.
    
En el frente el adversario lo delata a uno con frecuencia pero con Alfredo se palpa con las manos la dignidad de fondo: porque su poesía carece de tapujos, escoge siempre la veracidad exenta de retórica, con un tono de fondo llano y medido, como permitiendo acceso y utilizando el camino más corto entre dos versos para llegar al corazón.
    
Él acostumbra a decir que el poema siempre lo termina el lector en un intento de inscribirlo a filas y de hacerlo copartícipe de la gloria o el humo que al final devengan. Finalicen pues ustedes.
     
Escribir es desangrarse y la Poesía es siempre un acto heroico.
                            Javier Asiáin
                            Pamplona, diciembre de 2005

prólogo a SALVAR LA VIDA CON ÁLVAREZ
Alfredo Rodríguez
Pamplona 2005

***

Alfredo Rodríguez
Un momento de receso en Las Personas del Verbo
(Urroz Villa, Navarra 2009)

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No se puede enseñar la poesía



    

En Junio de 2006, cuando el poeta José María Álvarez -otro artista y feroz defensor de lo políticamente incorrecto- hizo su aparición en Pamplona como invitado estelar al I Congreso de Poesía navarra, el periodista navarro Carlos Pérez-Conde, enterado de que venía, muy amable y gentil caballero como siempre, me llamó inmediatamente por teléfono para que se lo "trajera". Quería conocerle, y entrevistarle en su interesante programa, EL CLUB DE LAS SIETE.
Este es el testimonio transcrito de esa histórica entrevista.



***

-José María Álvarez, según tengo leído, nunca hubiera imaginado su vida fuera de la literatura…

Esto es muy curioso, porque otros niños quizá tienen sueños mucho más... lógicos. Uno quiere ser torero, o quiere ser bombero, cuando es niño. Bueno, ahora no sé que quieren... Pero yo no, yo quería, no tanto ser un escritor, como sí tender hacia ese mundo, el mundo de los libros. Luego ya empecé a querer ser escritor, pero sí, era el mundo de los libros, el mundo del Arte, lo que me llamaba, lo que yo sentía como más mío.

-Treinta y cinco años después de la publicación de la Antología, el novísimo más perseverante de aquellos Novísimos Poetas Españoles…

Sí, bueno, Gimferrer también tiene una obra tan excesiva como la mía. Pero, sobre todo, yo creo que somos los dos que más hemos continuado escribiendo.

-Uno en catalán y el otro en castellano…

Sí, el empezó en español, pero luego pasó al catalán. Porque en cuanto a otros miembros de esa antología, algunos han escrito poco y otros decididamente es que dejaron de escribir.

-Con la perspectiva del tiempo, José María, ¿qué influencia posterior cabe atribuir al movimiento de los novísimos en el mundo de la poesía en lengua castellana?

Yo realmente es algo que lo he pensado mucho, justo por la fama que esa antología tuvo y que tiene, y que yo no he comprendido nunca. El libro, quitando algún poema de Gimferrer, a mí me parece un libro muy malo, un libro flojo. Lo que pasa es que en aquel momento salió con un prólogo de Castellet, que era muy conocido también, y pretendió una nueva estética. Lo que sucedía es que había que salir de alguna manera del hoyo de la poesía social, que no servía ya, era un animal muerto. Y entonces todo el mundo soñaba con una nueva estética. Entonces, Castellet, que tenía un olfato grande y muy buenas conexiones en las editoriales y demás, nos buscó a unos cuantos poetas que él pensaba que significábamos otra manera de contar. Y bueno, eso fue el libro. Pero lo que le digo es que esos poemas, los que en ese libro están, eran muy malos en general. Luego, la obra de uno u otro ha sido ya otra cosa. Pero el impacto vino por eso, y me pareció y me parece desmedido, sobre todo cuando en ese mismo momento había otros poetas, que no están recogidos ahí, y que han tenido una influencia igual o mayor sobre nuevas generaciones. Como es el caso de Villena, o de Juan Luis Panero, o de otros. Por eso yo creo que el cambio de, llamémosle, gusto, el cambio de sensibilidad, que de alguna manera es lo emblemático en ese libro, en la realidad habría que extenderlo más, que a los participantes en ese libro. Y es que, en torno a los años 69, 70, 71 —este libro me parece que era del 70— surgen una serie de voces que son las que luego se han consolidado, y que esas son las que constituirían la generación. A mí casi me gusta más hablar de una generación novísima, porque ese nombre ya tiene una cierta fama. Pero desde luego son otros nombres más, que algunos de los incluidos allí.

-Incluso, de hecho, el nombre “novísimos” contribuyó al impacto…

Claro, porque era una etiqueta. Vivimos en un mundo de etiquetas, y sobre todo a los profesores y a los críticos les sirven mucho, les es muy fácil, y allí Castellet se la brindaba. Y entonces se repitió novísimos, novísimos, igual que luego han hablado de post-novísimos, y de no sé qué más... Pero sí, yo creo que si hubiese tenido otro nombre no hubiese tenido tanto impacto.

-¿En qué poetas de hoy se reconoce todavía la influencia de aquellos poetas?

Creo que hay poetas que estaban en ese mismo libro, como por ejemplo Guillermo Carnero, que es muy clara la influencia de Gimferrer en él. Ya lo era entonces, y yo creo que ahí ha continuado. Pero por ejemplo, Luis Antonio de Villena, que no estaba en ese libro, su manera de escribir y los temas, ha tenido una influencia en generaciones más jóvenes, mayor que la de la mayoría de los que ahí estaban. De mí no voy a hablar, pero bueno…

-Aunque personalmente a José María Álvarez, y en cuanto a poetas de habla hispana, le gustan más los americanos que los españoles…

No, no, vamos a ver, hay poetas americanos, o sea hispanoamericanos, —el caso de Borges, o el caso de Vallejo, y hay muchos más—, que me parece más decisivo lo que nos han enseñado, que lo que hemos aprendido de otros poetas de aquí, españoles. Pero ahora mismo por ejemplo, vivos, hay poetas como Francisco Brines, que yo me atrevería a decir que si no es el primero —aunque yo sí lo creo que lo es— pues estaría entre los dos o tres primeros poetas de Europa. Y está vivo, está aquí, con nosotros.

-En estos tiempos socialmente inquietantes ¿dónde está hoy la poesía social?

Creo que está como debió haber estado cuando nació: muerta. Lo que pasa es que hay muchas formas de poesía social. Por ejemplo yo he oído decir, referido a algunos poetas medio jóvenes que ahora mismo están aquí escribiendo, que están haciendo una nueva especie de poesía social, bueno, teniendo muy en cuenta lo que no deja de ser costumbrismo, o sea, las relaciones de la gente, las nuevas formas en que se relacionan los chicos y las chicas. Y a eso le llaman también social. Yo creo que la poesía social fue una cosa muy concreta, que durante unos años se usó como arma política más que como arma literaria, y por eso murió, porque como poesía estaba muerta, era cartón piedra. Porque muy poca poesía —para entendernos— de combate ha sobrevivido. Sobrevivió la que era verdad, por ejemplo los poemas de César Vallejo a la guerra española. Esos poemas están vivos. Están muertos los de casi todos, porque eran falsos. Los de él eran verdad.

-José María Álvarez invitado al primer Congreso de poesía de Navarra (nafar poesiaren besta). ¿Sorprendido por la convocatoria de un Congreso de poesía?

Sorprendido por un congreso no. Lo que me ha llenado de contento, porque no había estado nunca aquí, en Pamplona. Había estado en Navarra, pero no había estado en Pamplona. Y tenía gana, aparte que tengo muy buenos amigos aquí. Y bueno, creo que son ellos los que han movido un poco este tema.

-¿Qué les vas a decir mañana a los poetas reunidos?

¿Qué les voy a decir? Pues lo mismo que les diría a los poetas reunidos en Tombuctú. Que si quieren escribir intenten lo que Hemingway decía: que intenten hacer el mejor poema que puedan, lo mejor que sepan. Y ya está. Que no se mientan. Que no sigan otras miras que las de la propia poesía. Bueno, es que no se puede enseñar la poesía. Los jóvenes poetas la sentirán, y cada uno la expresará. Luego unos quedarán, y otros no.

-Te han preparado un programa intenso dentro del Congreso de poesía: A las 13’30 intervención del poeta invitado –leo del programa- José María Álvarez, y a las 18’15 un recital poético. Ya has dicho qué les vas a decir. ¿Qué les vas a leer en ese recital?

Pues voy a leer —porque creo se planteaba un poco esta presencia mía como presentación también un poco del último libro— poemas de este último libro.

-Y firmarás el domingo en la feria del libro a partir de las siete de la tarde en la Plaza del Castillo.

Eso creo, sí.

-Pues serás presentado por un ferviente y obsesivo seguidor: el poeta local Alfredo Rodríguez.

Es un buen amigo, pero yo lo que quitaría es eso de poeta local. Porque ahora mismo estoy viendo mucho y se usa mucho “poeta local”, o también por ejemplo cuando dicen “poeta navarro”, o “poeta murciano”, o “poeta andaluz”. No hay… Si dudosamente hay poetas españoles, ni franceses, ni ingleses… Hay poetas. Nada más. Buenos o malos. Esa es la única distinción.

-Sólo quería decir conocido en el ámbito local…

Eso sí. Y fuera del ámbito local también. Eso ya lo atestiguo. Y además muy buen amigo.


-¿Has conocido, por cierto, muchas fidelidades tan incondicionales?

Bueno, yo he tenido en eso una suerte… Una suerte triste por un lado, pero una inmensa suerte. Me han pasado cosas que para mí son muy importantes. Una es, por ejemplo, llegar a hacer una lectura en, no sé, Badajoz. Entonces el público se componía de: un señor mayor, una viejecita que iba siempre a esos actos, luego, unos cuantos chicos y chicas de la universidad, un punk, otro con los pelos rojos y lleno de tachuelas, gente con la que yo no tengo ninguna relación. Y me leían. O gente como aquí en Navarra que se saben mi obra. O una cosa estremecedora, que para mí ha sido el mayor premio quizá que yo he recibido nunca. Fue una cosa escalofriante. Estaba una vez en Londres, —eso fue hace tres o cuatro años— estaba dando unas conferencias, no, eran lecturas..., y de pronto, llegó una chica que era la viva imagen de la muerte, (como estos drogadictos que uno ve totalmente ya más allá de todo, destrozados), sucia la ropa, hecha polvo, y llevaba en la mano la primera edición de MUSEO DE CERA, la primera. Me llega —era una chica española— y me dice “yo quería conocerle, tal y cual...”, hablamos un rato. Le digo “¿quieres que te firme este libro?”. Dice “sí, pero me lo firma, no a mí, me lo firma a nombre de fulano de tal”. Fulano de tal era un chico, drogadicto como ella, que había muerto y en sus últimos días y en sus últimos meses no hacía más que leer ese libro, y lo llevaba con él, y lo quiso tener en su muerte, el libro. Me dije: esto me paga absolutamente toda mi vida. Toda mi vida. Porque además, es la única transmisión posible de la poesía. Así, directamente: Cuando un muchacho o una chica en, no sé, en Pekín o en otro país, —porque ha de ser en otras traducciones también—, de pronto siente lo mismo que yo he sentido cuando he leído a alguien que ha sido para mí maestro. Y mi vida es distinta ya, ya no es lo mismo. Es decir, algo ha sucedido que me ha cambiado la vida.

-MUSEO DE CERA, de José María Álvarez, un libro único y totalizador, compuesto por tres libros y nueve capítulos, novecientas páginas, cerrado al cabo de treinta y nueve años

Treinta y nueve años de trabajo sí…

-Perfecto ejemplo de la unidad en la diversidad, según leo en la Enciclopedia Libre Universal.

Bueno, sí, éste es un libro que no es una reunión de libros. Desde que empecé el libro que fue… pues..., el verano del año 60 en París, desde el primer momento, tuve la idea de que yo no quería hacer un libro y luego otro y otro y después juntarlos de una forma cronológica. Sino que lo que yo quería era solo un libro. Un único libro que constituyese una arquitectura, al mismo tiempo cerrada, al mismo tiempo —¿como diría?— como un laberinto, o sea, algo en donde se pudiese entrar, salir, seguir caminos. Y eso he tardado treinta y nueve años en verlo terminado.

-Poesía con trasfondo de fatalismo…

No, esto no… No creo que yo sea una persona fatalista… Yo soy una persona con unos ciertos desencantos, y no muy optimista. Pero tampoco creo que nadie razonable hoy sea muy optimista. Pero de eso al fatalismo no, porque todavía está viva en mí la rebelión. Y entonces los fatalistas difícilmente “se lo llevan” con los rebeldes.

-Desdén por lo formal, referencias populares, elementos exóticos y misteriosos. ¿Estaría así bien resumida la esencia de la poesía de José María Álvarez?

No, no, porque misterioso no lo veo. Y otra cosa que has dicho, exótico… Bueno, eso es porque quien lo haya escrito ha pensado que si hablo de un sitio remoto a lo mejor es exótico, pero no. Yo no soy un poeta exótico. Francisco Brines dice que yo soy más bien hímnico. Igual que él es más bien elegiaco, dice que yo soy más bien hímnico. Volviendo a tu pregunta, no lo sé. No, no me veo mucho ahí.

-José María Álvarez novelista. Finalista del Planeta con EL MANUSCRITO DE PALERMO.

Sí, hice dos novelas para Planeta, que salieron las dos en la colección Memorias de la Historia. EL MANUSCRITO DE PALERMO es una autobiografía, apócrifa claro, de Talleyrand, que era un personaje político que me interesaba muchísimo. Y luego hice otra, también apócrifa, de Lawrence de Arabia: LA CORONA DE ARENA. Pero, vamos, son libros que ya están descatalogados.

-Y autor de dos novelas eróticas, una finalista en 1991 y otra ganadora en 1992 del Premio La Sonrisa Vertical…

Sí, esos fueron dos relatos que salieron con esa forma, porque quizá tampoco podían contarse sin abundar en lo explícito de la pornografía, porque la intensidad de lo que pasa en uno y otro relato le viene por la carnalidad de las páginas. Y entonces, entraron en ese campo, y bueno, tuve muchísima suerte. Se las mandé a Tusquets, una fue finalista y la otra ganó. Se publicaron.

-Planeta, Tusquets, ¿cree en los premios literarios un escritor premiado?

En unos sí, y en otros no. Yo siempre pienso que los premios a quien honran es a quien da el premio mucho más que al premiado; quiero decir que cuando un jurado realmente serio da un premio a un escritor serio se honra y elige. En la mayoría de los premios que se dan, ni los jurados merecen el más mínimo respeto ni los premiados tampoco. Por ejemplo en poesía, sí, hay algún premio, —que yo lo gané además, pero como otros compañeros míos— que sí me parece un premio digno, muy digno, que es el premio Loewe, porque tiene un jurado muy serio.

-José María Álvarez, traductor. ¿Qué criterio de selección de autores y de obras has seguido como traductor?

Yo me he limitado a traducir aquello que amaba mucho. E incluso, en una primera lectura, lo traducía para mí. Y como ejercicio, porque se aprende mucho. Un poeta aprende mucho de lo que son las tripas del poema, aprende mucho traduciendo a otro poeta. A un poeta que ame, claro.

-¿Y no es difícil que un poeta traduzca sin crear?

Bueno, es que yo creo que debe crear.

-Con riesgo de alteración de la obra original…

Sí, sí, es que creo que debe alterarla, hombre, dentro de unos límites. Es que es imposible una traducción literal, porque la traducción que llaman literal, —ésta que hoy día le gusta tanto a los profesores y a los académicos—, es falsa, porque parte de un hecho que es falso y es creer en el diccionario. O sea, pensar que la misma palabra significa lo mismo en el otro idioma, cuando no es así. Ni siquiera la palabra más simple: “luna”. Pues cuando un inglés dice “moon”, o un alemán dice “mond”, o un francés “lune”, está diciendo algo distinto. Empezando, en algún caso, porque es hasta un género distinto, es masculino, no es femenino. Para uno la luna sería femenino, para otro masculino. Lo que quiero decir es que cada bloque tiene un sentido distinto, y esto hay que tenerlo, o se debe tener, muy en cuenta cuando se traduce. Porque, de hecho, lo que uno está haciendo al traducir es tratar de verter la emoción de ese original a otra lengua, para que emocione a otras personas.

-Más facetas de José María Álvarez: articulista ocasional…

Sí.

-Y autor de guiones cinematográficos…

Muy ocasional los dos. Lo de los guiones fue, uno con Berlanga, que dio origen luego a una de estas dos novelas pornográficas que antes comentaba, y el otro fue un guión que no se hizo nunca, con mi amigo Paco Rabal, que quería él dirigir la película. Una película sobre un territorio que hay en el sureste español (está entre La Unión y Águilas) y que hubo un momento en el siglo XIX que fue como el Oeste americano, vamos, como el que hemos visto en las películas. Hubo pistoleros y cafés-cantantes. Y entonces estuvimos juntos en este tema, pero nunca se hizo porque él ya siguió con la serie de …

-José María Álvarez, doctor honoris causa por la Dowling University de Nueva York por el conjunto de su obra. Título que ostentan escritores como Vargas Llosa y Cela.

Sí. Dieron tres, y bueno, fueron muy generosos. Fueron muy generosos, [sonríe] ¿qué te voy a decir? [sonríe].

-Emoción muy distinta a aquella de Londres…

Totalmente diferente. Ésta forma parte de, digamos, las relaciones sociales. Está muy bien que te den un doctorado y todas estas historias. Pero lo otro son las tripas de la Literatura. Lo otro son las entrañas de la Literatura. Lo otro es que sabes que has hecho algo con alguien, no por alguien, sino con alguien. O sea que durante algún momento hubo hay algo mágico, y algo sagrado.

-¿Y las memorias de José María Álvarez?

Sí, ésas están por ahí corriendo, pero son tan voluminosas que yo creo que da miedo meterse en ellas, pero bueno, me haré una auto-propaganda: si se meten se divertirán [risas].

-¿Por qué vives en París?

Bueno, primero porque es una ciudad a la que desde 1959 o 60 estoy yendo, y es… ¿cómo te voy a explicar? Es la ciudad en donde me encuentro más a gusto, y mira que yo me encuentro muy muy bien en, por ejemplo, Venecia, en Roma, o en Budapest, o en Berlín ahora que está espléndido. Pero París es mi ciudad, es en donde cada detalle de una calle, de una casa, que he pasado mil veces, está unido a mí, siempre algo me trae. Y luego, no hay ciudad en el mundo, ni siquiera Londres, que tenga tantas librerías de viejo. Sí, en torno a mi casa, en un radio de no más de quince minutos, debo tener desde luego más de cincuenta, más de cincuenta librerías espléndidas, de viejo, algunas de ellas que son edificios de cuatro plantas. Entonces es la ciudad en donde no me aburro jamás, donde salgo, me paseo, me vuelvo al río; es muy cambiante —como Venecia, es igual, muy cambiante— de luz. O tengo la pintura que yo adoro, pues tengo la que me dé la gana. Y cuando uno está en un país que aunque lo sienta suyo y se sienta en ese momento parisino, no lo es, está ajeno a mil cosas de lo cotidiano, mil cosas, desde las situaciones políticas, las situaciones de la calle, en fin, a todo. O sea estás en un exilio, en una especie de exilio dorado.

-¿Cómo se ve España desde el exilio?

La verdad es que no leo prensa. Además yo no pongo ni el canal de televisión español. Cojo otros canales franceses, y la verdad es que la información es mínima. Estos últimos días lo único que estaba allí saliendo era el tema de estas pateras, estos barcos…

-¿Y a qué se debe esta distancia voluntaria con respecto a España?

No, no es por nada, sino porque cada vez he ido sintiendo más mío eso, París. Y no te diría igual de otras zonas de Francia. A París le pasa como a Nueva York, que no es Estados Unidos, es otra cosa. Y París es algo que está ahí desde siempre, que ha recogido hijos perdidos de todo el mundo, desde siempre, que la convivencia y la integración allí han sido siempre perfectas, y no sé porqué, cada vez, estás más allí, hasta que te das cuenta de que no vuelves, de que estás.

-¿Y París es la ciudad de los poetas o eso es una convención?

No, eso ha terminado. Ni en París, ni en Madrid, ni en Barcelona, ni en ningún sitio hay ya tertulias grandes. Muy cerca de mi casa, en donde Verlaine tenía su tertulia, ahora es un burguer de éstos, pero desde hace ya mucho. Quiero decir, ya no hay cafés, o los hay pero no hay tertulias, ya no. Los escritores están encerrados en sus casas, alguna vez se ven porque cenan juntos, algunos ni eso, porque no salen, como Kundera (Kundera está ya encerrado y no sale).

-Por cierto ¿se te ocurre alguna fórmula para el fomento de la lectura de la poesía?

No, no se me ocurre, porque es que no tengo fe en las fórmulas. Porque por ejemplo, dices: bueno, vamos mañana, regalamos siete mil libros de poesía en Pamplona. Y yo te aseguro que quien no lee poesía no va a leer; o al menos yo, mi experiencia es que no se ha conseguido eso nunca. Y en cambio, el que, nadie sabe porqué, quiere leer poesía —que casi siempre también suele luego escribir— busca la poesía aunque no la tenga, y se hace con los libros.

-Primera visita a Pamplona…

Sí…

-¿Con que primera sensación?

Ah! muy bonito. He visto muy poco. Hemos llegado, he visto el paisaje, porque el vuelo ha sido hasta Biarritz, y bueno ese paisaje sí que ya lo conocía. Y de aquí no he visto más que dos o tres calles levantadas, el ayuntamiento que me ha parecido precioso, y tres plazas. No he tenido tiempo aún de más.

Programa "CLUB DE LAS SIETE",
Cadena SER Pamplona,
Viernes, 2 de Junio de 2006
Entrevista al poeta José María Álvarez.
Por Carlos Ignacio Pérez Conde

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Apetito Prohibido


 
   Ayer me envió Raquel Lanseros su último libro, CRONIRIA. Un recorrido fascinante por su imaginario poético, un viaje en el tiempo y en los sueños, tomando las etimologías griegas de ese neologismo tan preciso y precioso, “croniria”, que Raquel inventa para la ocasión, fundiendo cronos, tiempo, y oniro, sueño. Raquel Lanseros, sí, la donna angelicata de la poesía española más reciente y fructífera. Porque sucede que en Raquel Lanseros se funden y confunden dos emblemas fabulosos: buena poesía y mujer poeta hermosa. Y eso, mis queridos amigos, es una combinación explosiva. Al menos para mí. Y no me importa nada, en absoluto, decirlo. Cargo con toda responsabilidad al respecto. Mea culpa, si es que la hubiere...

Hace no mucho, unos cuantos poetas navarros amigos (algo que no deja de ser muy curioso en la poesía navarra) organizamos una excursión al viejo Madrid para ir a conocer, para ir a ver, en vivo y en directo, a la Lanseros. Un asalto en toda regla a la capital, por unos poetas de provincias, que al final acabamos cenando marisco por Chueca y bailando flamenco en el Cardamomo. Para que luego digan que los poetas somos tristes y aburridos...

El caso es que presentaba Raquel, entonces, un libro muy bueno, su anterior poemario, LOS OJOS DE LA NIEBLA, una auténtica galería de personajes, reales o fantasmagóricos, que se van desplegando poco a poco en buenos y alargados versos, extensos versos que llevan la impronta de ternura y delicadeza innata, pero también de sabiduría, de Raquel. Un saber que, como diría Colinas, en el caso de Raquel –mujer que es un dechado, no sólo de belleza, sino también de juventud- todavía no puede provenir de su experiencia existencial, sino de su naturaleza: es decir, de su ser abierto a la contemplación. Como grande poeta.

Pero sucede también que hay un plus muy exquisito con Raquel, un plus muy de agradecer en estos casos: porque luego está su voz. Su voz recitando poemas. Esa voz, tan hermosa como ella, que te deja en el sitio. Esa voz que a veces se quiebra, de bonita que es, y le produce a uno en el cuerpo como un agradable cosquilleo al escucharla en el silencio, como un calambre de oro que le recorre a uno el estómago y luego la espalda, de gusto. De puro gusto. Y es que la voz de Raquel al recitar es una voz que viene de muy adentro, que habla como en tránsito, movida por unos resortes que se le escapan de tan hondos que son.

Bueno, uno avanza en la lectura de CRONIRIA con la impresión de estar avanzando por un territorio desconocido, que tira de uno y le lleva por sus senderos. Hacia el cultivo de su vida interior. Una puerta que al abrirse los oculta. Los senderos de Raquel. Una poeta como ya no quedan o no se hacen.

Anoche volví a tomar su libro, de nuevo, con motivo de tan alegre noticia: un envío suyo personalizado y con tan hermosa y emocionante dedicatoria como la que traía. Sí señor, mi buzón de correos: la caja de sorpresas particular de mi vida. Resulta que el libro en cuestión, CRONIRIA, ya lo había comprado yo unas semanas atrás; y es que no sé cómo lo hago, pero siempre acabo con dos ejemplares en mi poder de cada libro que publica la Lanseros. Y luego tengo que andar regalando -el ejemplar que no está dedicado, claro está- a algún buen amigo que sepa apreciar la buena poesía. La belleza y la buena Poesía. Y de esos amigos, la verdad, cada vez van quedando menos.


***

APETITO PROHIBIDO

 

Debajo de mi sueño canta una voz antigua
y mi nave se aleja del templo de los cuerdos.

Porque existió un instante cuando el sol me bañaba
entre las buganvillas
y el aroma sedoso de los sauces,
yo codicio esta noche que los años se plieguen
como un bandoneón que gime al Sur.

Quizá sea una herejía. Acaso solamente
la búsqueda incansable de la fascinación.
Ojalá yo pudiera dinamitar los límites
y llegar hasta ti, mi hombre entre hombres.

Quién contuviera el ánimo al mirarte,
quién recorriera tu óvalo sagrado,
quién sintiera avaricia de tus labios,
el más universal de los escalofríos.

No me llamo Perséfone. No conozco tus códigos.
Mi edad está más cerca de Adriano que de Antínoo.
Pero, ¿qué puedo hacer?
Tu belleza me ensarta el cielo hasta las venas.

Adivino en tu piel que la vida y la muerte
no pueden ocurrir por separado:
el sosiego del alma que hace nacer el arte,
el estremecimiento del tiempo derrumbado.

CRONIRIA
Raquel Lanseros (Jerez de la Frontera, 1973)
Hiperión, Madrid 2009

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Días en la Isla I

 
Sa Penya y Dalt Vilá, Ibiza
[Cuando alguien -mejor dicho, un poeta- es tan grande, tan inmenso como Antonio Colinas, lo mejor que podemos hacer es callarnos. Sentarnos, ponernos cómodos, callarnos y escuchar. Porque cualquier cosa que digamos sobra. Anoche estuve repasando, releyendo una vez más, sus Diarios ibicencos. Os transcribo aquí algunos de sus apuntes, comentarios, pensamientos, reflexiones de Oro. Y me callo. Ya me callo] .



(...) esos extranjeros que llegaron a la isla hace cincuenta, cuarenta o treinta años, los veteranos de una aventura de entrega y afecto (...) eligieron la isla de Ibiza para respetarla y amarla, para vivirla. (...) No llegaron aquí para medrar, sino simplemente para buscar esa poca de armonía que todos los seres humanos buscamos en el interior de nuestro corazón.



***



El poeta le ha arrancado sus secretos al pasado y al misterio de la vida.



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El arte: la realidad nueva, la realidad trascendida.



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Con frecuencia, el hombre debe "sembrar" en su adolescencia o en su primera juventud. Si se demora en hacerlo, luego será demasiado tarde y ya se sabe: surgirán los pensamientos torcidos, las flores que se hielan, los frutos que no maduran.



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En su Diccionario de uso del español, nos dice María Moliner que el término aleluyas puede ser también sinónimo de "versos malos". (...) ¿Que hay cierta poesía grisácea y monocorde que son verdaderas "aleluyas"? No cabe duda. Pero el de los versificadores (que no poetas) sería tema para otro capítulo.

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Hay quienes piensan que la poesía sólo es una especie de "sarampión" por el que casi todos pasan en los primeros años, pero del que luego uno se acaba desprendiendo. Naturalmente, esta afirmación se contradice frontalmente con los que hacen de la poesía labor para toda una vida y no conciben sus días sin ella.



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Hemos desacralizado el mundo de tal manera que hasta hemos dejado de creer en los ruiseñores.



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Y con estos calores precoces llega, naturalmente, la impresión del primer baño en el mar. (...) Siempre puede tener este primer baño del año un sentido más pleno e iniciático en la soledad de alguna apartada cala. Nos entregamos por vez primera al mar para sentir cómo es arrastrado a lo hondo todo cuanto de negativo ha podido haber en nosotros a lo largo del año.



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Esa amistad que no nace de intereses o de razones espurias, sino de la mutua admiración y de esa sintonía inmediata que allana cualquier tipo de incomprensión o de barrera. (...) Y volvió, de repente, el recuerdo del extravagante amigo de corazón de oro, niño también él en una sociedad de lobos, de intereses económicos, de los que él siempre procura huir con su pureza y con sus miedos.



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Un género literario -la poesía- que no siempre goza en nuestros días de buenos mensajeros. Incluso es hoy práctica usual que la poesía sea cuestionada por los propios poetas.



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Hay en la contemplación y en la vivencia de la mar un deseo sublime de extraviarnos, de liberarnos por siempre, de fundirnos en su aparentemente ilimitada inmensidad.

Alfredo Rodríguez
Ascenso sofocante a la Torre del Pirata para contemplar Es Vedrà, Ibiza 2008

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De las tres místicas más próximas a nuestra cultura es, con casi toda seguridad, la menos  conocida la que la kábala representa. Sabemos bastante de la mística cristiana -sobre todo en su vertiente literaria- y algo parecido nos parece con el sufismo, la mística árabe, que permeabiliza con sus "noches oscuras" una buena parte de nuestra poesía lírica o las ensoñaciones de todo tipo del gran Ramón Llull. Pero la kábala -acaso por su complejidad, por esa riqueza de matices que no cesan de irisarse- es la más misteriosa de las tres, y para mí la más desconocida. Hay una cuarta mística que, como bien sabemos e incluso ya subrayó el riguroso Menéndez Pelayo, es la que representan los textos del hinduismo, del taoísmo, del budismo, es decir, la mística extremoriental. Esas cuatro místicas van y vienen, como ríos subterráneos que en un determinado momento afloran a la superficie.

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La traducción literal -sobre todo en poesía- no basta, porque el texto obtenido, diciendo lo mismo que el original, ha perdido casi toda su atmósfera, toda su esencia, toda su poesía. Por eso, es precisa una segunda versión que recupere el tono, la intensidad y la originalidad del poeta. Y una tercera que rescate la poesía de la poesía, valga la redundancia. Aquí tiene que actuar (y arriesgar) en buena medida el poeta que hay en nosotros. (...) La traducción ya es otro texto.

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Ibiza es sobre todo su espléndida y armónica naturaleza y, también, los hombres de aquí o de fuera que con esa armonía supieron convivir.

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Seguir manteniendo mi independencia intelectual y demostrar que, quien no escribe desde el sectarismo, siempre puede tener la fortuna de dar con la verdad y ver cómo ésta es reconocida por unos y por otros. ¡La difícil independencia en país de extremos, de medias verdades, de verdades encendidas, heridas, enfrentadas! Una prueba de la que, a veces, se resurge airoso. El corazón y la conciencia en paz así lo prueban.

***

Salimos de nosotros mismos y buscamos los caminos del arte (...). a Ibiza, para escribir un nuevo libro de poemas, el que acabaría siendo Astrolabio. También yo había pasado antes por París, en el otoño de 1968, pero el caso es que nuestras vidas (...) coincidieron en la isla en aquellos finales de los años setenta en los que tantas ilusiones forjamos, pero, sobre todo, la de una apuesta por llegar a ser, verdaderamente, lo que teníamos que ser.

LOS DÍAS EN LA ISLA,
Antonio Colinas (La Bañeza, León, 1946)
La Rama Dorada, Huerga & Fierro, Madrid 2004

Antonio Colinas y Alfredo Rodríguez, 
Ibiza, Agosto 2008

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